Tras tres finales fallidas, logró la ensaladera ante Rafter
09 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Por fin, a la cuarta oportunidad, fue la vencida para Goran Ivanisevic, de 29 años. El croata, que vio como entre Agassi y Sampras le habían birlado el título las tres veces que opositó a él (1991, 1994 y 1998), grabará con letras de oro en su vitrina el año 2001. En el partido con su amigo del alma Patrick Rafter, Ivanisevic se proclamó campeón de Wimbledon después de un duelo que se prolongó por espacio de tres horas y un minuto. El jugador nacido en Split ganó por 6/3, 3/6, 6/3, 2/6 y 9/7 y además se metió en el bolsillo 139 millones de pesetas. De nuevo el servicio de Goran resultó fundamental: conectó 27 aces, sumando un total de 213 en el transcurso del campeonato. Se convierte, además, en el primer croata en inscribir su nombre en el historial de la prueba como vencedor. Es el primer wild card (invitado de la organización) que se proclama vencedor. Su partido contra Rafter es de los que fomenta la afición. Fueron cinco sets de constantes alternativas, aunque lo verdaderamente importante aconteció en los juegos décimo quinto y décimo sexto del quinto período. Patrick Rafter vio como en el décimoquinto perdía el saque y estaba claro que en el fondo admitía que allí se había terminado todo para él. Con Goran, sacando a toda máquina, la situación se le había complicado muy seriamente. «Goran, cómetelo», podía leerse en una de las pancartas portadas por jóvenes espectadores. Ivanisevic, en efecto, intentaba comerse al rival. Por lo pronto ya estaba en las mejores condiciones. Con 8/7 y saque a su favor tendría que ocurrir un desastre para que el croata no diera cima a la victoria definitiva. Tres dobles faltas Pero sucedió que hasta tres dobles faltas en el décimo sexto juego estuvieron a punto de desequilibrar al croata. Finalmente recibió el regalo en su cuarta bola de partido: Rafter estrelló la bola con su derecha contra la red. Salta de gozo el croata, se abraza a su amigo Rafter, no puede contener el llanto. Le falta tiempo para subir por la grada hasta el palco de invitados para abrazar a su padre. Había jugado «por el corazón de mi padre». Los latidos se habían acelerado como nunca. El premio al esfuerzo no ha podido ser mejor.