Triunfo en el último suspiro

MARILUZ FERREIRO A CORUÑA

DEPORTES

CÉSAR QUIAN

Pandiani igualó en el descuento y propició la victoria en los penaltis El catenaccio casi se apodera del Teresa Herrera. Los italianos son fieles a sí mismos incluso en los torneos veraniegos. Como en el Calcio, como en la Eurocopa, se empeñan en convertir en estrellas a sus porteros y en dosificar a sus millonarios arietes, aunque administran a étos como el arsénico, en pequeñas dosis y de forma letal.

12 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Con esta fórmula tan transalpina como la pizza, el Lazio es feo rival. El conjunto de Eriksson se limitó a esperar el milagro durante el primer tiempo. Agazapado, con un Claudio López que paladeaba la soledad del círculo central primero, y de la banda izquierda después. Sólo Ravanelli y Nedved se aventuraban a acercarse tímidamente a territorio Songo''o, sin muchos excesos, para guardar la dieta ofensiva. Mientras, los de Irureta dilapidaban artillería ante Marchegiani, el mejor de su equipo durante el primer tiempo. Ante él desfilaron una chilena, voleas y varios disparos del repertorio de Pauleta, Turu, Donato, Víctor o Romero. Los visitantes limitaban a esperar el milagro con conexiones tan asombrosas como Marchegiani, Ravanelli, línea directa al pelotazo. Y en pleno asedio blanquiazul, y justo antes del descanso tuvieron una visión: se les apareció el Piojo, que no perdonó tras un pase entre líneas de Nedved. Si el empate era injusto, la derrota deportivista era infame. Demasiada desgracia para tanto mérito. El segundo tiempo nacía bajo el signo del ataque. El empate de Víctor parecía resucitar el espíritu ofensivo de los italianos, que lograban adelantarse de nuevo gracias a una falta indirecta en área deportivista que finalizaba Stankovic con un fuerte disparo. Desconcierto en las filas locales y presión y oficio por parte de los visitantes que se diluyeron en pocos minutos. Las aguas regresaron al cauce del primer tiempo y Marchegiani seguramente se acordó de Toldo. Pero Eriksson quiso rizar el rizo del cerrojo y sacó a De la Peña para introducir a Couto en el centro del campo y dejar que las aspiraciones blanquiazules se suicidaran en área italiana. De hecho, Tristán se empeñaba en evitar su bautismo goleador en Riazor despilfarrando en soledad un taconazo de Hélder. Tuvo que ser el Rifle Pandiani el que pescara a última hora la oportunidad de los penaltis al rematar de cabeza un córner sacado por Víctor. El Trofeo pendía del hilo de los nueve metros. Pero las penas máximas hicieron justicia para demostrar que a veces, también para el que ataca, la vida es bella.