La pandemia y la paternidad desarmaron por completo al realizador madrileño, que recuperó la ilusión de hacer cine con esta luminosa historia ambientada en la costa gallega. Se estrena en salas este jueves 1 de enero
28 dic 2025 . Actualizado a las 21:27 h.Convencido de que no es uno el que elige las ideas, sino de que son las ideas las que lo eligen a uno, Daniel Sánchez Arévalo (Madrid, 1970) emergió de un prolongado letargo creativo al darle al play a un vídeo que le envió su amigo y productor Ramón Campos. La tecla activó el movimiento y el sonido, y en la pantalla la rondalla de Santa Eulalia de Mos —gaitas, panderetas, charrascas y tambores, trajes tradicionales y banderas— se arrancó a versionar la canción Thunderstruck de AC/DC. El director de cine se quedó completamente fascinado. «Esa mezcla de folklore y heavy metal me voló la cabeza, así que me planté en Vigo para conocer al director, Dani Burgos —cuenta—. Lo primero que me llamó la atención fue que estas rondallas fueran tan desconocidas, ya no solo en España, sino también en Galicia. Y sentí como si hubiese encontrado una perla en una ostra. Pensé: “Esto qué bonito es y qué ganas de enseñárselo al mundo”».
Terminó de convencerlo el primer ensayo al que asistió: más de cien personas; niños, mayores; padres, madres, abuelos; ningún músico profesional, «un caos armónico» de instrumentos, la adrenalina, la «sensación de comunidad» y el «amor a la tradición, a la música, a la pertenencia». «“Quiero hacer una película con esto”, dije ahí».
Rondallas, que se estrena en salas el próximo jueves, 1 de enero, le permitió a Sánchez Arévalo (Primos, AzulOscuroCasiNegro) disfrutar de nuevo de hacer cine. «Volví a sentirme director —confiesa—. Después de la pandemia, fui padre; luego hice una serie, pero la niña tenía solo un año y para mí era muy importante conciliar, no acababa de colocar las cosas, de colocarme yo, de sentir que era algo más que el padre de mi hija. En Rondallas, una parte de mí se liberó, me metí de lleno en ese mundo y en esta historia. Hacía mucho tiempo que no me involucraba así».
A esta sensación de comunión hace también referencia Javier Gutiérrez (Luanco, 1971), uno de los protagonistas del filme que, sin embargo —curiosa la percepción según el ojo que mira—, vio en todo momento a Sánchez Arévalo más «en plena forma» que nunca. «Hace muy bien eso de combinar el drama y la comedia, ha sido capaz de contar una historia sobre la pérdida profundamente dolorosa con ligereza y emoción. A pesar del fondo dramático, ha conseguido hacer brotar una película muy luminosa y vitalista. Es un gran líder, un gran capitán».
Ni lidiar con una rondalla de un centenar de integrantes —se convocó a todas las agrupaciones de la zona para ensamblar a los actores en una real— ni guiar a un elenco coral —Carlos Blanco, María Vázquez, Tamar Novas, Xosé Antonio Touriñán, Judith Fernández, Marta Larralde y Fer Fraga— es labor sencilla, pero Sánchez Arévalo solo le ve ventajas. Se deshace en elogios que ensalzan el talento gallego, tanto el del equipo artístico como el del técnico, y se muestra completamente seguro de que en la energía del conjunto reside precisamente la fuerza de esta película. Sin quererlo, resume así el espíritu de su historia, la de un pueblo que vuelve a unirse alrededor de un símbolo de identidad colectiva para suturar un duelo, para volver a ponerse en pie.
«Hicimos equipo, familia —secunda Gutiérrez—. En un mundo en el que domina la cultura del yo, necesitamos ayudarnos y apoyarnos en el otro. Y Rondallas habla de esto, de lidiar con la pérdida y con el dolor haciendo desaparecer el individualismo, de tejer una suerte de red que nos permita sobrellevar la pena. Pone en valor el poder de lo comunitario que, al final, es lo que nos va a salvar».
¿Cómo se recibirá una película como esta, tan arraigada en una expresión cultural concreta, más allá de los Ancares? «A veces da pudor hablar de algo popular, como si eso tuviera menos valor, y yo creo que es al contrario, más en el momento actual; deberíamos abrazar nuestro folklore, darle su lugar», reflexiona Sánchez Arévalo. «Tras un pase que hicimos en Barcelona, los espectadores nos hablaban de una Galicia desconocida. Hay que dar visibilidad a ese tipo de vida, a ese tipo de personajes; nada de esto debe perderse», implora, por su parte, Javier Gutiérrez.
El protagonista de La isla mínima y Campeones sostiene sobre sus hombros buena parte del peso dramático de la película, pero su tensión se articula con la del resto del conjunto. Interpretar a su personaje —uno de los dos únicos supervivientes de un naufragio que se lleva por delante la vida de siete tripulantes de un pesquero, uno de ellos su mejor amigo— le permitió «ahondar en la bondad y en la generosidad del ser humano», dice. «A veces —añade, sin intención de revelar mucho—, nos escondemos para intentar salvar a otros». «Judith [Fernández] y Fer [Fraga] fueron el mayor descubrimiento —apunta Sánchez Arévalo sobre el resto del casting—. Tan jóvenes y con tantas ganas de comerse el mundo... ¡Y Tamar! Yo creo mucho en la escritura del guion, pero más en la reescritura, y me gusta dar espacio a los actores para que ellos propongan, para escucharlos. Sinceramente, las grandes frases de esta película se las ha inventado Tamar».