Bob Dylan, el cerebro del rock cumple 80 años

Javier Becerra
Javier becerra REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

BOB DYLAN EN UNA IMAGEN TOMADA EN EL AÑO 2012 EN EL FESTIVAL DE BENICASSIM
BOB DYLAN EN UNA IMAGEN TOMADA EN EL AÑO 2012 EN EL FESTIVAL DE BENICASSIM DOMENECH CASTELLO

El americano elevó la canción popular y la colocó en el lugar de la alta cultura para siempre

23 may 2021 . Actualizado a las 22:37 h.

El rock n’ roll era una emoción primaria de liberación hasta que alguien le puso cerebro y lo hizo pensar. Fue Bob Dylan. Logró que ese lenguaje juvenil que bramaba cosas como «auambabuluba balambambú» se convirtiera en el soporte de historias que trascendían a la urgencia y el frenesí adolescente. El artista había escrito en el anuario de su escuela que deseaba ser como Little Richard. Pero, realmente, tomó el alarido sexual de aquel, lo rebozó de literatura y, quitándole parte del roll, construyó las bases maestras del rock moderno.

La secuencia completa se puede ver en los álbumes Bringing It All Back Home (1965), Highway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966), un tríptico magistral en el que el folk acústico se ensambló en el rock eléctrico y el nuevo lenguaje pop con la fina poesía. Ahí se encuentra uno de los picos de la música popular, de una trascendencia inabarcable que lo inunda casi todo. Convirtió aquel sonido menor que hizo temblar el mundo en algo definitivamente mayor, que se quedó en él eternamente.

El protagonista, Robert Allen Zimmerman (lo de Dylan viene del poeta Dylan Thomas al que, dice, apenas había leído) cumple mañana 80 años. Y, lejos de tener que mirar desde la decadencia a la grandeza de aquellos dos años en los que modeló el llamado «sonido del mercurio salvaje», lo hace desde un presente de relevancia excepcional.

Después de la resurrección noventera de la mano de discos tan espléndidos como Time Out of Mind (1997), llegó Modern Times (2006). Sorprendió a todos. Arrullados por joyas como When The Deal Goes Down, sus seguidores no reprimían el entusiasmo. Veían ahí, quizá, el último gran disco de Dylan. Algunos incluso señalaban que se trataba su mejor álbum desde Blood On The Tracks (1975). El músico cumplía entonces 65 años. En lugar de jubilarse, entregaba uno de los álbumes del año y seguía con esa aventura en la que lleva enrolado desde 1988: el Neverending Tour. Tocar y tocar hasta el final.

El instinto indomable como guía

En las dos últimas décadas Dylan ha sido revalorizado como mito viviente. Su archivo infinito de descartes se expolia constantemente. Es objeto de todo tipo de documentales y estudios, incluido el primer volumen de su autobiografía Crónicas. Y las nuevas generaciones se adentran en su catálogo como quien descubre la piedra roseta del rock. Mientras tanto, él ha hecho directamente lo que le ha dado la gana, abrazado a una libertad radical ajena a dogmas. Como siempre.

Si en el pasado pasó de ser el profeta del folk a una estrella de rock con gafas de sol, para luego desaparecer y, más tarde, terminar haciendo rock cristiano, en el siglo XXI ha ocurrido lo mismo. Su imagen del 66 apareció en algo tan poco roquero como la publicidad del banco ING. También se coló en un anuncio de la firma de lencería Victoria’s Secret, rodeado de modelos en bikini. Mientras, la máquina monetaria no paró, vendiendo todos los derechos de sus canciones a Universal por 300 millones de dólares. Y, cómo no, ganó el suspirado Premio Nobel de Literatura en el 2016, que no fue a recoger.

Mientras todo eso ocurría siguió tocando y grabando sin parar. Con su particular estilo, al margen de todo. En directo, masajeando folk, rock y blues con arrugas y voz ronca. En estudio, con discos en la línea de Modern Times -Together Through Life (2009), Tempest (2012)- y caprichos que solo él se puede permitir, como tres álbumes dedicados a los estándares americanos -Shadows in The Night (2015), Fallen Angels (2016) y el triple Triplicate (2017)- que incluso a los muy fans les costó seguir.

Cuando todo apuntaba a lo intrascendente, llegó la sorpresa. En pleno confinamiento se edita Murder Most Foul. Una elegía de 17 minutos por el asesinato de J. F. Kennedy cantada en spoken-word que asombró a la comunidad roquera.