Bertrand Tavernier, adiós a un gran clásico del cine europeo más humanista

Gran conocedor y amante de la cinematografía estadounidense, deja media docena de obras maestras que van desde un seco y crítico realismo social («Ley 627») a un lirismo muy personal no menos comprometido («La vida y nada más»)

Bertrand Tavernier ?retratado en el 2014? es autor de obras maestras como «Capitán Conan» y «La pasión de Beatrice»
Bertrand Tavernier ?retratado en el 2014? es autor de obras maestras como «Capitán Conan» y «La pasión de Beatrice»

Redacción / La Voz

Con media docena de obras maestras en su faltriquera, se puede hablar de Bertrand Tavernier (Lyon, 1941) como uno de los últimos grandes clásicos del cine europeo. Desaparecidos Louis Malle, Milos Forman, Manoel de Oliveira o Ermanno Olmi, la nómina de grandes firmas con sello propio se estrecha de forma preocupante, con permiso de Haneke, Godard, Von Trier, Erice, Wenders y Kaurismaki. Tavernier lo era, tenía genio y humildad, una voz de primer orden que este jueves la muerte silenció -a sus 79 años- en Sainte-Maxime, en la Provenza.

Dejó sus estudios de Derecho en la Sorbona cuando logró un puesto de asistente del cineasta Jean-Pierre Melville en Léon Morin, sacerdote. Después colaboró con Chabrol y Godard. Y ya nunca se bajó del sueño del séptimo arte. Un sueño cuyo lenguaje él había fraguado en el material que le había causado desde siempre una gran fascinación, y de la que acabó por salir también su hermoso y práctico diccionario 50 años de cine norteamericano, que en España publicó el editor gallego Ramón Akal.

Partiendo del conocimiento de Hollywood y de los pioneros, Tavernier hizo el cine más francés que se pueda concebir. Hasta cuando contó la historia de aquel jazzman estadounidense varado en el París de los años 50 (personaje a medio camino de Bud Powell y Lester Young al que dio vida el saxo Dexter Gordon) en Alrededor de la medianoche (1986). Y metió su escalpelo en lo más hondo de la grandeur de Francia, en su quiebra social, la herida del colonialismo, la matanza de la Gran Guerra, el colaboracionismo, el colonialismo, la guerra de Argelia -La guerre sans nom, el documental que rodó sobre el conflicto forzó al Gobierno a reconocer que aquello había sido una guerra y que los que allí combatieron tenían derecho a una pensión de guerra-, etcétera.

Sus películas sobre la labor de los profesores y la educación (Hoy empieza todo, 1999) y la brigada antidroga parisina (Ley 627, 1992) son dos demoledores ejercicios de realismo que hacen daño al espectador, que le dejan en la boca un regusto amargo, con su visión desesperanzada de la sociedad.

Era un humanista, con una mirada llena de empatía hacia el ser humano, como mostró en el documental sobre la inmigración ilegal Nous, sans-papiers de France. Pero también había lugar para la poesía en su cine, y quizá con ese cierto lirismo logró en los años ochenta algunos de sus filmes mayores. El canto antibelicista de La vida y nada más (1989), con un inconmensurable Philippe Noiret, es quizá su cénit. No hay muchas películas que acompasen su tempo con tanta maestría a lo que quieren narrar. Y tampoco que logren, sin apenas recrearse en la sangre, un impacto tan potente sobre el público con su mensaje sobre el sinsentido de la guerra. Y qué decir de La pasión de Beatrice, esa gema secreta...

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