El Museo de América exhibe parte del legado de Miguel de la Quadra-Salcedo

Ser actor ocasional fue solo una de las múltiples ocupaciones del eterno aventurero a lo largo de una vida plagada de hazañas y desafíos

Efe

Madrid / Colpisa

En 1956 un joven y fornido Miguel de la Quadra-Salcedo (Madrid, 1932-2016) hacía el papel de instructor en lanzamiento de disco de Richard Burton en Alejandro Magno, filme de Robert Rossen. Ser actor ocasional fue solo una de las múltiples ocupaciones del eterno aventurero a lo largo de una vida plagada de hazañas y desafíos. Sus logros como atleta, explorador, navegante, buscador de oro, reportero, divulgador, viajero incansable y promotor de la Ruta Quetzal se pueden rastrear ahora en la muestra Miguel de la Quadra-Salcedo. Una vida de aventura que el Museo de América acoge hasta mayo. Está realizada con lo más relevante del legado que su familia otorgó al Estado y que custodia y cataloga este centro público.

No falta en la exposición ninguna de la icónicas imágenes que hicieron de este pionero en tantas cosas un personaje legendario que perdurará en la memoria colectiva de muchas generaciones. Sus récords como atleta olímpico (campeón de España de martillo, disco y jabalina en la misma temporada), su pulso con una descomunal anaconda en el corazón del Amazonas, por el que peregrinó durante tres años, sus contactos con las tribus huambisa, macu, shipibo, yagua, peba o ticuna, sus encuentros con el dalái lama, Haile Selassie, Pablo VI o Yasir Arafat, y sus coberturas de la guerra del Congo en 1964 o de la muerte del Che en 1967.

La muestra recorre la intensa vida del irredento aventurero de ascendencia y alma vasconavarra que cruzó todos los continentes y recolectó infinitud de objetos etnográficos donados junto a su archivo personal, con más de 20.000 imágenes entre diapositivas y fotos. «Están en el mejor lugar posible», se ufana Rodrigo de la Quadra-Salcedo, hijo mayor de Miguel, que pactó con sus hermanos Sol e Íñigo la donación.

Se ocupa también de la Ruta Quetzal, aventura formativa que en sus 31 ediciones (1979-2016) llevó a más de 10.000 jóvenes de las dos orillas por tierras de América y España. Declarada en 1990 programa cultural de interés universal por la Unesco, no se repetirá. «Íñigo y yo decidimos que la ruta era suya y que no tenía sentido reeditarla sin él. Sería imposible», zanja Rodrigo de la Quadra, que la vivió, gozó y rodó junto a su padre y hermano.

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