Stanley Donen: todo empezó con Fred Astaire


Hay recuerdos que marcan. Un día de 1933, con nueve años, Donen vio en Columbia, su ciudad natal, una película que lo marcó para siempre: Volando hacia Río de Janeiro. La protagonizaba Fred Astaire y, desde entonces, quiso dedicarse «al cine, al teatro y al baile gracias a él», como confesó al crítico Juan Caros Frugone en la monografía que la Seminci le dedicó en su homenaje de 1989. Fue allí, un día de octubre de ese año, cuando fui testigo de uno de esos momentos que nutren la memoria de cualquier cinéfilo. Cubriendo el festival para La Voz de Galicia, me habían dado una butaca en la primera fila del histórico Teatro Calderón. Allí, sobre el escenario, a apenas tres metros, estaba una leyenda viva del gran Hollywood, derrochando simpatía, emocionado por su honorífica Espiga de Oro que le había entregado el director del certamen, Fernando Lara. Había dirigido su último largo cinco años antes -con el tiempo se confirmaría su despedida de la pantalla grande- Lío en Río, con Michael Caine y Demi Moore, pero todos guardábamos en la retina un puñado de grandes filmes con los que aquel hombre menudo nos había obsequiado en las últimas cuatro décadas.

Sin más, ante un patio de butacas entregado, nos sorprendió con unos pasos de claqué saludablemente impropios en alguien a punto de la setentena. Imaginé aquellos pies, con poco más de veinte años, orientando al propio Astaire para una escena, cuando finalmente pudo dirigirlo en Bodas reales (1951), o a Gene Kelly en Un día en Nueva York (1949) y Cantando bajo la lluvia (1952), las dos compartidas con Kelly, aunque la trayectoria futura de ambos como directores haya provocado en la crítica dudas sobre la autoría real… Hay coincidencia general en su cine: el estilo, ese conjunto de rasgos que singularizan a un autor y que en Donen se deslizan con elegancia en el manejo de la cámara, en la dirección de actores y el envoltorio formal, en suma, la que llaman puesta en escena y que no pocas veces -en su filmografía también- se sobrepone a las carencias de guiones, siempre ajenos. Y, aunque la Academia le otorgó un Óscar honorífico en 1997, habérselo negado durante décadas se antoja una injusticia poética.

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