Algo se cuece en Hollywood


Empezando por los propios Globos de Oro, que les están comiendo las papas a los Óscar. Se confirma con la calidad del palmarés -votan apenas cien críticos extranjeros afincados allí- y suben su apuesta por un ecosistema audiovisual equilibrado al incluir a la ficción televisiva, más todavía en pleno casus belli entre Neflix y los exhibidores. Se preveía el premio a Roma, pese a su dudoso encaje como extranjera -México coproduce con Estados Unidos-, y que solo un puñado de salas puedan ofrecerla en medio mundo, vetándola a quienes aun estando abonados, prefiramos gozarla en pantalla grande. Por fin puede ser el año en que esto se normalice. Los más que previsibles premios a Cuarón en los inmediatos Óscar, serán el punto de inflexión, ya verán. En cuanto a las otras dos ganadoras al mejor filme, el drama Bohemian Rhapsody ya era la sorpresa del año y una de las pocas alegrías adultas de los exhibidores en la taquilla -el film de Bryan Singer costó 52 millones y ya supera los 430 globales-, pero no lo era la comedia Green Book -en España llegará el 1 de febrero-, del hasta ahora denostado Peter Farrelly, coautor de dudosas gracietas junto a su hermano Bobby, que en su país solo había recogido unos muy deficitarios 33 millones brutos frente a los 23 de coste. Con todo, bien mirado, la amplia batería de nominados en cine y en televisión confirman la buena salud del sistema, sin excluir cierto compromiso crítico como El vicio del poder, con un portentoso Christian Bale como Dick Cheney, que veremos en España desde el próximo viernes.

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