En defensa del extranjerismo

Al propio concepto le pasa como al de raza: presupone, erróneamente, que existe la pureza


Escritor y periodista

¿Existen realmente los extranjerismos en un idioma? Nos irritan spoiler, timing o start-up porque son de uso reciente, y porque todavía conservan su grafía original intacta. En cambio, coche, tomate o novela entraron hace ya tanto tiempo en el castellano que a nadie le parecen palabras extranjeras. Podríamos ir más lejos, y considerar que podríamos, lejos y considerar son también términos deformados de otra lengua, el latín. Al concepto de extranjerismo le pasa como al de raza: presupone, erróneamente, que existe la pureza.

Y, sin embargo, en algunos países surge de vez en cuando la preocupación por limpiar la lengua de términos foráneos. Mussolini legisló contra los extranjerismos, y lo mismo Franco. Pero la manía no es exclusiva del totalitarismo ni del pasado. Polonia, Irán, Francia o Canadá tienen ahora mismo leyes al respecto; todas con un punto en común: son igual de ineficaces.

Tampoco funcionará la reciente campaña de la Real Academia Española (RAE), en la que se ridiculiza el uso de términos extranjeros en la publicidad.

En principio, la idea era simpática: difundir falsos anuncios de productos que no existen, promocionándolos con palabras inglesas. Miles de personas solicitarían esos productos para descubrir más tarde, se supone que abochornados, que las gafas de sol con Blind effect (efecto ceguera) son completamente opacas o que el perfume de la línea Swine (cerdo) huele a pocilga.

Era una ingenuidad por parte de los señores académicos. Hacer que un producto triunfe en el mercado no es tan fácil. Al final, los falsos anuncios de la Academia han pasado desapercibidos y la mayoría nos hemos enterado del asunto leyendo la circular que se mandó a la prensa. He ahí una razón por la que las empresas publicitarias usan a veces el inglés: para diferenciarse y vender mejor. Y, aún así, como la Academia, no siempre les sale bien.

Pero el verdadero problema es el concepto de fondo, que revela una (sorprendente) mala comprensión de cómo funciona la lengua en la sociedad. Por una parte, las palabras poseen connotaciones además de significados. En publicidad, un término extranjero es parte del diseño del producto. Puede servir para sugerir exotismo o lujo -o  autenticidad, como cuando se usa vocabulario italiano para vender pasta-. Por otra parte, las palabras triunfan o fracasan dependiendo de lo útiles que les resulten a los hablantes. Cuando dos cinéfilos hablan de spoilers, making-of o travelling no están siendo víctimas del colonialismo cultural, sino que se limitan a usar una jerga especializada que les permite entenderse con precisión y rapidez. No es muy distinto del abogado que trufa de sentencias latinas sus argumentos o del médico que llama a las enfermedades por sus nombres griegos. Si abundan los términos extranjeros en determinados ámbitos, de hecho, es porque cumplen su función mejor que sus equivalentes españoles. No es porque expresen mejor una idea -todos los idiomas pueden expresarlo todo- sino porque buscarles alternativas requeriría recrear penosamente un consenso que ya existe para el término original.

Por supuesto, la Academia tiene razón en que resulta gratuito, y veces ridículo, llenar el habla de términos extranjeros. Pero el problema está en el exceso, no en el uso en sí. Hablar bien es emplear todos -todos- los recursos que ofrece una lengua, con precisión y equilibrio; lo que requiere a su vez una mezcla de rigor y tolerancia -como en todo lo demás, diría yo-. Y es que se puede ser pedante tanto por exceso como por defecto.

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