«Spotlight», poderosa denuncia de la pederastia

Asistimos ayer en esta Mostra a una jornada de cine vigoroso, obras de alcance no solo artístico sino también de activismo político y moral


VENECIA / E. La Voz

Asistimos ayer en esta Mostra a una jornada de cine vigoroso, obras de alcance no solo artístico sino también de activismo político y moral irradiados de focos tan diversos como la pederastia en la Iglesia de Boston, el África de los Estados fallidos y la carnaza o carnecita humana de los niños de la guerra, y el México donde el ciudadano es reo de la privatización de su sanidad.

Tom McCarthy no posee universo creativo propio. Hasta ahora se había movido en las tibias aguas del indie diletante. Pero con Spotlight ofrece una película de coraje, heredera del liberalismo norteamericano de los 70 del pasado siglo. De hecho, su denuncia de la pederastia múltiple en el clero de Boston parece un fortalecido esqueje de Todos los hombres del presidente -en lo que tiene de ennoblecimiento de la profesión periodística como develadora, a través de la fe en la verdad frente al establishment-, de aquel otro Watergate que desde el Boston Globe levantó la omertá alrededor de los abusos sexuales de la poderosa curia católica de la ciudad sobre generaciones de menores de los barrios marginales. Spotlight está contada con tal firmeza empática que, a pesar de que transita veredas bien conocidas, en la pantalla chasquea su llama como cine novísimo, alumbrando sórdidas mafias, haciéndonos creer una vez más que algunos hombres buenos -excepcionales Michael Keaton, Liev Schreiber, Rachel McAdams, Stanley Tucci y, sobre todo, un Mark Ruffalo descomunal, con pinta de Óscar- pueden derribar los sótanos del poder, aunque su némesis, el cardenal y arzobispo de este Boston acobardado, acabe acogido en el Vaticano polaco.

Demoledora es la escalera al averno que Cary Fukunaga hace con los niños de la guerra en el espeluznante corazón de las tinieblas africano de Beast of No Nation. Fukunaga, quien ya habló de infancias canibalizadas en la frontera centroamericana de la no menos feroz Sin nombre, no teme cargar tintas ni ahorra violencia extrema. Pero su manera de ir al límite no es gratuita, sino dantesca: construye el infierno, le otorga densidad, azufre, dolor eviscerado, calderas, un Idris Elba como caricatura del Coronel Kurtz. Y de esa catarsis obtiene cine noble que te desafía a mirar al abismo tan temido.

Rodrigo Pla afianza la fecundidad de una generación de cineastas mexicanos que hablan con salvaje veracidad de ese otro Estado fallido que es el suyo. Lo hizo ya en La zona. Y en Un monstruo de mil cabezas se refuerza como retratista aquilatado de la ley de la selva de un país en donde si quieres que a tu marido agonizante le faciliten la cara medicación que necesita, solo te queda hacerlo al asalto, a tiro limpio, a puro México. Con madre e hijo como Bonnie and Clyde pedestres frente a las corporaciones blancas, aquí teñidas de rojo sangre no exento de sarcasmo.

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