El último canto del grillo

Ignacio Mañá

RELATOS DE VERÁN

Relato de verán de Ignacio Mañá. 16 años. Ponferrada

09 ago 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Grillos. Muchos grillos. Grillos grandes y pequeños, ágiles y torpes, cantarines y silenciosos. Todos ellos se escabullían en desordenada orquesta de chillidos y crujidos, sorteando las matas de vegetación y rompiendo los ramajes secos en sus saltos presurosos. Algunos, en mitad de aquel bullicio, trepaban en agónica huida a lo alto de los árboles o se atrincheraban temblorosos tras la robusta corteza que acorazaba sus troncos.

Había otros que reptaban con descarado sigilo hacia el inalcanzable horizonte, y otros tantos que buscaban, en ansioso fragor, asilo en la maleza. En más de una ocasión, pude percibir cómo me observaban a través de sus ojillos temerosos, profiriendo un sinfín de súplicas calladas.

Yo me limitaba a responder con una mirada vidriosa a través de la mirilla, y apretaba mecánicamente el gatillo en señal de saludo. Entonces, las detonaciones despertaban un eco de lamentos débiles, quejumbrosos, y los cuerpos de los grillos se desplomaban en callado beso sobre la tierra mojada. Y sin parpadear tan siquiera, seguía apretando el gatillo, y volvían a rugir mis disparos, salvajes y despiadados. Y los aterrorizados grillos iban cayendo, uno tras otro, en diabólica procesión, entonando con sus algarabías el más siniestro réquiem.

Caían los grandes y los pequeños. Caían los ágiles y los torpes, los cantarines y los silenciosos, hasta que sonó el último gemido y el campo quedó yermo, oscuro, desierto.

Entonces, y solo entonces, me detuve. Y me quedé allí, de pie, plantado en medio de aquel campo desolado en el que había echado raíces el más exánime de los silencios. Observé hipnotizado aquel pintoresco cuadro vanguardista, en el que predominaban los tonos rojos y verdes, y acaricié con ternura el pincel de mi escopeta.

-Buen trabajo- aquella voz áspera sonó lejana, discordante, retardada. No obstante, comprendí vagamente lo que debía hacer.

Mi interlocutor me reclamó con un gesto. Y en aquel instante, ante la luz tenue y parpadeante del alba, pude contemplar brevemente su rostro, comprobando con extrañeza que aquel sujeto guardaba un asombroso parecido con los grillos que habían sucumbido bajo mis balas. Miré mi escopeta, sonriendo. Sin duda alguna, me estaba dejando llevar por la fantasía del artista.