El big bang del «indie» español

«Super 8», el disco de debut de Los Planetas, supuso el primer asalto al gran público del nuevo pop independiente que se estaba cocinando en la oscuridad


La Voz

Estuvo antes el disco homónimo de Aventuras de Kirlian en 1989, la irrupción turbadora de Surfin' Bichos o el éxito de El Inquilino Comunista emulando a Sonic Youth. Pero si hay que marcar un momento en el que el pop independiente español de los noventa hizo crash se debe mirar a Super 8, el mítico álbum de debut de Los Planetas. Editado el 13 de junio de 1994 puso ante los ojos del gran público toda esa maraña de ruidos y melodías que pasaban de maqueta y maqueta y fanzine y fanzine. No fue un éxito mayúsculo (de entrada, se despacharon 6.000 copias que con el tiempo serían muchísimas más), pero sí que sirvió para cristalizar una obra fundacional que, con los años, se haría mítica.

No resultaba fácil penetrar en ese mundo. Pero quien lo hacía, se negaban a buscar la salida. Con los oídos acostumbrados al rock con alma de Revólver, Los Planetas proponían algo totalmente subversivo para la lista de éxitos: melodías desapasionadas enterradas en montañas de ruido, canciones que combinaban la euforia pop con desarrollos envolventes y unas letras que retrataban el sube-baja emocional de la juventud con una transparencia casi impúdica. Obstáculos iniciales, sí. Pero, superado el obstáculo, brotaba la magia.

La banda granadina entonces estaba formada por Juan Rodríguez J (guitarra y voces), Florent Muñoz (guitarra), May Oliver (bajo) y Paco Rodríguez (batería). Venían de cosechar buenas críticas de su epé de debut, Medusa (1993), editado en el sello indie Elefant. También habían sido nombrados mejor grupo maquetero en Disco Grande de Radio 3. Su canción Mi hermana pequeña pronto fue definida por el crítico Víctor Lenore como «La chica de ayer de los noventa». Y contaban a su favor el hecho de cantar en castellano, cuando se estilaba el inglés.

En el subconsciente colectivo permanecía el recuerdo de la Movida. El hecho de que las multinacionales mirasen lo que ocurría, acrecentaba esa sensación. Pero esta vez todo iba a ser diferente. Los Planetas siempre tuvieron ese punto de rebeldía que les impedía abrazarse al éxito masivo. Si acudían a un playback en la tele, se lo tomaban de coña y vacilaban al presentador. Si los llamaban para un macroconcierto con bandas comerciales, aprovechaban y hacían una versión de 25 minutos de La caja del diablo, su tema más ruidista. Si tenían la oportunidad de que sus letras se entendieran ordenaban al productor que bajase la voz en la mezcla.

Quedaba claro que la banda iba a ir por libre. Ese carácter, que libraba un continuo pulso entre sus pretensiones comerciales y su vena indómita, los hizo especiales. Y, poco a poco, fue sumando miembros al club de fans. De hecho, el gran éxito de Super 8 se produciría tiempo después, cuando Una semana en el motor del autobús (1998) obligó a muchos a mirar atrás. En la crítica rock más conservadora se produjo una rectificación general. Entre el público, también. Entonces, dispuestos a dejarse enamorar, los oídos de toda una generación entendieron que allí descansaba la banda sonora juvenil más perfecta que se pudiera imaginar en castellano.

Desde el mismo subidón inicial de De viaje («Podernos irnos juntos de este mundo tú y yo / en un viaje por galaxias infinitas bajo el sol»), Los Planetas cantaban con el lenguaje extremo de los diecialgo. El amor en hipérbole de esa, la angustia liberada en chorros en ruido de Si está bien, la tensión del sexo turbio de 10.000, las miradas a los mitos pop de una Desorden dedicada a Ian Curtis (Joy Division) o las imágenes lisérgicas de La caja del diablo se convirtieron en los himnos subterráneos de la España que emitía a todas horas versos como «Pasión gitana, sangre española / y el mundo es una caracola».

Veinte años después, Super 8 se ha reeditado. Su portada luce aún como el gran icono de aquel momento irrepetible en el que la mayoría de los medios no se enteraron de nada. Sí lo hicieron cientos de jóvenes que convirtieron a Los Planetas en el grupo de su vida. Los mismos que, tras haber suspirado desde sus treintaymuchos, se han negado a decir «Cómo hemos cambiado, qué lejos ha quedado aquella amistad». Claro, ese era el lema del enemigo.

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