Una sombra que avanza desde el sur

J. SEOANE RIVEIRA

CULTURA

El fenómeno «True Detective» revela la tendencia de las películas y series de televisión a recurrir cada vez más a la cultura sureña de los Estados Unidos para ambientar y desarrollar sus historias

28 mar 2014 . Actualizado a las 18:37 h.

A lo largo de la orilla rompen olas turbulentas, / los soles gemelos se hunden tras el lago, / las sombras se alargan / en Carcosa. Así comienza el poema El Rey de Amarillo, incluido en el volumen de relatos de título homónimo de Robert W. Chambers, que sirvió de inspiración a Nic Pizzolatto para crear la trama de la primera temporada del reciente éxito de la HBO True Detective y su mitológica ciudad en ruinas: Carcosa. Un recurso que no es nuevo ni único -no hace falta recordar a Jarmusch-, pero que confirma la tendencia progresiva de la ficción norteamericana a dirigir su ojo hacia los pantanos y llanuras de Luisiana, de Nueva Orleans a las poblaciones aisladas del Terrebonne. Siguiendo la estela de True Blood, en los dos últimos años han surgido películas como Bestias del sur salvaje o Mud, y series como la última temporada de American Horror Story: Coven o el ya mencionado fenómeno True Detective.

Bestias del sur salvaje fue un éxito del cine independiente el pasado año, nominada al Oscar a la mejor película. Una comunidad aislada de pescadores que habita una isla ficticia se ve amenazada por la crecida de las aguas y su consecuente desaparición. A través de la mirada de una niña pequeña, con una poética muy emparentada a lo real maravilloso y una narración llena de metáforas visuales, el director Benh Zeitlin construye un ambiente que rodea pero identifica a los habitantes de las parroquias del delta del Misisipi: árboles retorcidos, matorrales frondosos y aguas estancadas soportan bares, camionetas, caravanas o botellas vacías, y con ellas un pueblo y una cultura abocada a la desaparición. La llegada de monstruos gigantes simboliza el proceso de ruptura de una geografía que se traga con su muerte la vida que alberga.

Otro ejemplo, Mud, dirigida por Jeff Nichols -responsable de la bizarra e interesantísima Take Shelter-, presenta a modo de novela de aprendizaje el paso de la infancia a la adolescencia de un niño del río que descubre a un misterioso fugitivo (McConaughey) viviendo en una isla cerca de su casa flotante. La relación entre ellos transita el desamor, la soledad, la esperanza, y muestra a partir del paisaje la psicología de una cultura en el umbral: mud, el propio título, significa fango.

Las series de televisión, por su parte, tan encumbradas por la crítica y el público como elemento de ficción audiovisual superior al cine -comparación innecesaria y desacertada, por tratarse de medios distintos a pesar de su progresiva nivelación técnica-, también golpean fuerte desde Luisiana: Coven, la tercera temporada de American Horror Story, amalgama en su conocida narración fragmentaria y azarosa múltiples elementos de vudú, jazz, esclavitud, brujería y muerte. Una serie, sin embargo, de calidad inferior a muchas otras, anclada ya en la decadencia y la heterogeneidad de un guion escrito a impulsos, en la que lo único remarcable es quizá la riqueza de su ambientación sureña y cada nuevo personaje que ofrece la incombustible Jessica Lange.

El hombre es el paisaje, el paisaje condiciona al hombre y lo moldea

True Detective, cuya dirección de arte recae no por casualidad en el responsable de Bestias del sur salvaje, ha sido capaz de enganchar a medio mundo con su ritualista y satánico asesino en serie, inspirado en un caso real ocurrido en Luisiana en el año 2005. Los detectives Marty Hart y Rust Cohl -sobre todo este último, un atormentado solitario y pesimista, descreído, culto y duro de pelar, interpretado de nuevo por McConaughey y cuyo nombre significa óxido- han agarrado el pescuezo de la audiencia para no soltarlo hasta el último disparo: sectas, violencia, ignorancia, primitivismo y amargura se mezclan en la creación de Pizzolatto (novelista y exguionista de The Killing) para ofrecer una de las parejas policiales más memorables de la historia, en un ambiente caluroso y podrido que, como indica Cohl en el tercer capítulo, «huele a metal». Y es ese olor que impregna la serie su mayor logro; pocas veces se ha visto en televisión un producto tan homogéneo y electrizante como True Detective, con una historia perfectamente disuelta en el ambiente y en los personajes en la que cualquier elemento -música, fotografía, diálogo, montaje- resulta único e imprescindible para la obra final, aunque el último episodio de la temporada haya dejado impresiones dispares en público y crítica. La introducción, acompañada de una pieza del grupo country experimental The Handsome Family, Far From Any Road -nótese el título-, expone la piedra angular en la que se basa el feroz éxito que ha logrado: el hombre es el paisaje, el paisaje condiciona al hombre y lo moldea, el paisaje es el hombre.

Si Antonioni fue el cineasta de los espacios, de la geografía urbana donde el personaje no se encuentra y vaga sonámbulo, presa de una alienación que lo empuja a diluir su peso en el ambiente estéril, las nuevas ficciones norteamericanas revierten la estética de esa ruptura para identificar la imagen total de la naturaleza como expresión genuina del estado interior del hombre; es la visualización de las entrañas y del corazón podrido de una sociedad que transita entre la alta tecnología o los restaurantes de lujo y el fango oscuro de los pantanos del sur, a orillas del Misisipi, a medio camino entre la cerveza y la escupidera, los manglares o los clubs de alterne, donde la ignorancia y la brutalidad se hacen tan fuertes que no queda otro modo de enseñarlas que mediante la retorcida, laberíntica Carcosa: Canción de mi alma, mi voz está muerta, / muere tú, sin ser cantada, como lágrimas derramadas / se secará y perecerá en / la perdida Carcosa. Que tiemblen Juego de tronos y su Winter is coming: el sur contraataca con la violencia de un caimán herido.