Ironía nuclear

Jose Barreiro

CULTURA

«¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú» (1964)

02 mar 2015 . Actualizado a las 20:28 h.

A veces a uno no le queda otro remedio que reírse de sus miedos. Aunque caiga en el terreno de lo que Kurt Vonnegut bautizó como humor de la horca al contar el chiste de un condenado al que llevan a la horca un lunes y comenta: «¡Vaya forma de empezar la semana!». Cuando no hay alivio posible, queda la risa. La versión cachonda del apocalipsis que plantea Teléfono rojo trata este asunto con la seriedad de un buen disparate. Se ríe del gran temor de su época y transforma en parodia el dilema nuclear y la paranoia de la guerra fría. A tal punto llegaba la chifladura americana que a menudo convertían las películas de serie B en alegorías de la invasión roja, con los marcianos ejerciendo de comunistas. La obsesión como paso previo a la estupidez. El general chalado de esta película pone en marcha un dispositivo para atacar Rusia. Coloca al mundo en el precipicio de la destrucción atómica y nos traslada a una sala de guerra -un decorado grandioso- con una mesa circular en la que los dirigentes que toman las más altas decisiones juegan al póker con el destino del mundo. Aquí comprobamos que Teléfono rojo no ha envejecido nada, no tiene arrugas. El contexto histórico de su época ha desaparecido. Sin embargo, si uno mira hacia las mesas de póker actuales en Bruselas, por ejemplo, comprueba que han pasado décadas y seguimos en el mismo kilómetro. Todo es tan absurdo que si hubiese que rodar una película sobre la crisis actual, solo podría ser absorbida y retratada como una comedia. Con el mismo esperpento y la majadería de esta película de Kubrick: peor aún que las bombas de hidrógeno son los retrasados que están a cargo de ellas. «La estupidez se heredará hasta que desaparezca la especie, que desaparecerá por estúpida», asegura José Luis Cuerda. Cuando Reagan se convirtió en presidente pidió ir a ver la sala de guerra de la Casa Blanca. Su jefe de Estado Mayor le dijo: «Señor presidente, no hay ninguna sala de guerra en la Casa Blanca». Reagan añadió: «Pero si la vi en esa película, Teléfono rojo». Es razonable pensar que Reagan ignoraba que las películas con frecuencia se ruedan en decorados. Total, solo fue actor durante 27 años y figurante el resto de su vida. Por qué hay que verla Por el trabajo de Peter Sellers, que interpreta a tres personajes. Si le dejan, hace la película él solo Por la escena en la que el piloto cowboy del B-52 cabalga una bomba atómica. Toda una apología del hongo nuclear Por el gag en el que necesitan 20 centavos para salvar al mundo con una llamada de teléfono y un soldado se niega a romper una máquina de Coca Cola para extraer una moneda