La Tate Modern de Londres organiza la mayor retrospectiva sobre la obra del artista estadounidense Roy Lichtenstein, creador de un lenguaje propio que trasciende a su época
16 mar 2013 . Actualizado a las 15:32 h.La posteridad reservaba a Roy Lichtenstein bastante más que los quince minutos de gloria que la otra gran figura del arte pop, Andy Warhol, auguraba con astucia al calor de la democratización e industrialización de la cultura visual del siglo XX. Por lo pronto, una de las grandes instituciones del arte contemporáneo, la Tate Modern de Londres, se pone a sus pies con la que es, aseguran, la mayor exposición jamás realizada sobre el neoyorquino: más de 125 pinturas (y alguna escultura) y una reinterpretación de su legado creativo que trasciende el mero paseo superficial por sus viñetas más reconocibles.
La muestra, abierta a orillas del Támesis hasta el 27 de mayo, delimita en un recorrido cronológico y temático las convicciones creativas del artista, definidas mayoritariamente en torno al arte pop. Algunas de sus reproducciones de aire publicitario de objetos cotidianos semejan un antecedente de las latas de sopa Campbell's que Warhol haría famosas poco después. Los cuadros de simples brochazos apuntan al interés de Lichtenstein por la abstracción y los colores vivísimos, dos aspectos siempre importantes en su carrera.
En la exposición no faltan sus famosas obras tipo cómic, con gruesos contornos, colores fuertes y escenas de acción en contextos bélicos o románticos. Enseguida se convirtieron en iconos del arte pop, pero las dudas sobre su consideración como arte de pleno derecho surgieron también de inmediato. Un número de 1964 de la revista Life se preguntaba en un gran titular referido a Lichtenstein: ¿es el peor artista de Estados Unidos? Él no se daba por aludido por las críticas en el mundillo artístico y se centraba en captar el instante definitivo de una historia «con un estilo muy técnico, casi de dibujo de ingeniería».
La retrospectiva relata también la consolidación de la técnica de las tramas de puntos y rayas que usaba para representar sombras o colores intermedios. Lichtenstein la hizo presente en sus diferentes etapas, desde las viñetas de los años 60 y 70 hasta los paisajes chinos que recreó de forma sintética en los años previos a su muerte, en 1997.
Uno de los pasajes más interesantes -y menos conocidos- de su obra es aquel en el que reproduce trabajos previos de otros artistas, traduciéndolos a su propio lenguaje pop. En este sentido, mostró su personal visión de corrientes como el cubismo, el futurismo o incluso el puntillismo de los impresionistas. Pero quizá la obra más representativa, en este sentido, sea su versión de las Mujeres de Argel de Picasso, quien a su vez había reinterpretado el trabajo de Eugène Delacroix. Por si el observador del cuadro dudase al observar sus peculiares réplicas de obras previas, Lichtenstein ya había aclarado en su día que «las cosas que aparentemente he parodiado en realidad las admiro». De hecho, el neoyorquino declaró sin vacilar que Pablo Picasso fue «el mayor artista del siglo XX».
La exposición de la Tate permite también indagar en el interés de Lichtenstein por los espejos y sus efectos ópticos, mediante juegos de sombras y reflejos siempre evocadores. También tienen interés las geometrías de las pinturas que llamó «perfectas e imperfectas», en las que propone un curioso desafío a los estándares del arte haciendo que algunas de las líneas trazadas se salgan del rectángulo que delimita el propio cuadro. En ellas se resume, en cierto modo, la filosofía artística de un creador de espíritu moderno, inquieto y singular, y una obra visualmente impactante, en las antípodas de la indiferencia.