En uno de los capítulos de La música es más que las palabras , Nikolaus Harnoncourt advierte de que «todas las orquestas tienden a la rutina», antes de explicar que «rutina y buena música son incompatibles». Para el director austríaco, «la belleza obliga a afrontar enormes riesgos», por eso «cuando se renuncia a la belleza a favor de la seguridad, siempre sale perdiendo el arte». Jamás han estado en discusión -ni siquiera cuando los propios profesores de la Orquesta Sinfónica de Galicia expresaron el año pasado que no deseaban la continuidad de Víctor Pablo Pérez-, las aportaciones del director al desarrollo de la vida musical gallega. En todas las etapas de su impecable trayectoria profesional, Pérez se ha revelado sobre todo como un notable forjador de conjuntos de gran nivel. Incluso lo ha hecho sacrificando una parte importante de su propia carrera: si se le reprocha que nadie lo conoce fuera de España quizá pueda deberse a la total dedicación a sus agrupaciones. Pero quizá ahora haya llegado el momento de que la orquesta, plenamente madura, se proponga nuevos retos para los que es preciso contar con otra personalidad que pueda imprimirle al conjunto renovadas ilusiones, y buscar juntos ese riesgo que en la música, como en el amor, a veces es preciso asumir para sentirse vivo. El Consorcio ha demorado demasiado la solución para un problema que en otros lugares ya dio lugar a situaciones muy incómodas (huelgas de músicos incluidas), y ahora ha encontrado una intermedia. Lo lógico hubiese sido haber estudiado antes cómo otras orquestas han afrontado cuestiones similares. Algunas incluso lanzaron a ojeadores por todo el mundo, logrando resultados magníficos. En eso Enrique Rojas, el más recordado gerente de la OSG, es un auténtico experto, y se le pudo haber pedido consejo: él fue el descubridor aquí de Petrenko y Bringuier, dos de las nuevas figuras jóvenes con mayor proyección en Europa. Puede que los dos años de prórroga in extremis sirvan para hacer bien los deberes y acertar, aún hay tiempo. Pero lo que no parece muy adecuado es que en el ínterin se permita que el titular saliente programe hasta el 2019, ¡casi treinta años desde la creación de la orquesta! ¿Qué director medianamente serio va a aceptar un puesto con esa pesada hipoteca artística?