Baldosas amarillas

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CRÓNICAS CORUÑESAS

SADA

Lo único bueno del cambio de hora son las luces. Lo pensaba ayer, bajando el paseo desde la Torre, con el Monte de San Pedro cuajado de ellas, como un anticipo de la Navidad, un pequeño árbol al otro lado de la bahía. Aún no era de noche, pero noviembre trae de regalo estos días tan cortos y la luz baja rápido. La bombilla inmensa de la Torre, girando ya, anuncia que será de noche en unos minutos, y se enciende la ciudad como en los belenes de la infancia. Se va haciendo de noche muuuy lentamente, decía el paje. Muy lentamente, se nos viene encima el invierno.

Las luces amarillas son como el camino de Oz. Así se sienten, marcando el regreso, cuando una está a punto de aterrizar una noche de lluvia (la única, casi, de las últimas semanas) en Alvedro. Después de 40 minutos de interminables turbulencias, aparece el camino de baldosas amarillas detrás de las últimas nubes. Primero la ría de Ferrol, y la curva caprichosa de la costa girando hacia Ares, hacia Miño, hacia Sada, los diminutos destellos de los coches. Y de pronto la luz de Hércules dando vueltas, ya estáis en casa, dice en cada giro. En vuelos así se entiende por qué el papa besaba el suelo al aterrizar. Y eso que seguro que tenía a todos los santos de su parte. Los que no tenemos semejante apoyo nos abrazamos al faro, a la iluminación de un puerto deportivo y hasta al rótulo de un supermercado. Todo vale para recuperar la seguridad de la tierra firme. Con las baldosas amarillas cada vez más cerca de los pies, aunque no llevemos zapatos rojos, así debía de sentirse la pobre Dorothy pensando en su tía, en su casa, en su cama. Juraría haber visto yo también a la Bruja del Oeste girando alrededor del avión en medio de la tormenta.

Se acabaron las tardes eternas, aunque el tiempo nos haga pensar que no haya llegado el otoño todavía, a pesar de que en los escaparates hayamos pasado ya de los huesos de santo a los abetos y los calendarios de Adviento. Con esto del cambio climático la Navidad acabará siendo algo exótico, como cuando veíamos a Papá Noel surfeando en Australia. Amanece, que no es poco, más temprano. Pero a quién le consuela si con este tiempo da la sensación de que este año nos han robado algo más que una hora al día. Nos han lanzado de cabeza y sin red al invierno. A 24 grados. Luego que nadie se extrañe si se nos cae el pelo de golpe porque ha llegado el otoño tres veces en dos semanas. Menos mal que para protegernos tenemos las luces, desde el aire, en tierra, a los dos lados del mar, esas mismas luces amarillas en las que se supone que ahorramos una pasta desde que termina octubre.