Mientras los antiguos residentes ya han sido realojados, cinco familias de la zona próxima a los depósitos de agua permanecen en sus chabolas esperando su turno
20 feb 2009 . Actualizado a las 11:16 h.Una mezcla de decadencia y esperanza se percibe en el ambiente del poblado gitano de Penamoa. Como si de una nostalgia de futuro se tratase, sus residentes comprueban cómo el poblado en el que vivieron durante los últimos años se desmorona mes a mes. Pero, al tiempo, comprueban cómo se les abre la puerta un futuro fuera de las chabolas, los trapicheros de drogas y la más pura marginalidad.
«Casi todos los que estaban aquí ya están realojados», comenta Óscar Rivero. Hasta hace unos días este joven vivía en el núcleo de infraviviendas situado en la zona «de los depósitos de agua», la que interfería con el trazado de la tercera ronda y de la que apenas quedan en pie cinco chabolas. En las otras dos zonas (la parte baja y la de La Silva) todo sigue prácticamente igual. Entre 100 y 150 infraviviendas siguen en pie, sin que sus habitantes hayan entrado en negociaciones con el Ayuntamiento.
La vivienda de Óscar fue arrasada por las palas. «A mi madre la mandaron a un piso de alquiler en Palavea -comenta-. Los otros están en Sada y en Arteixo, por la zona de Pastoriza. Pagan unos 80 euros de alquiler y están todos muy contentos». Sin embargo, en su caso, no ha habido esa suerte. Se explica: «Los asistentes sociales me prometieron una casa, pero como no tengo trabajo estable no me la dan. Yo vivo de recoger hierros».
«Si supiera que me iba a pasar esto, me hubiera subido al tejado de la chabola y no hubiera dejado que me la tirasen. Porque yo ahí hacía mi vida sin molestar a nadie», asegura. Aunque suele visitar el poblado con frecuencia, en estos momentos vive con su mujer en la casa de sus suegros, en el barrio de los Castros. «Estamos cuatro matrimonios viviendo en una casa muy pequeña. Y eso no puede ser. Yo necesito una casa en la que vivir con mi mujer».
«A mí me dijeron que me iban a conseguir una casa como a los otros. Tanto me da en donde. Si me la dan yo me voy», confiesa Óscar, que avisa que va a protestar hasta que logre lo que le parece justo: «Este fin de semana pienso hacer algo»
Gitanos en la obra
Desde hace unos meses las palas y los monos de los obreros forman parte del paisaje del poblado. El que los niños jueguen a «derribar chabolas» puede dar una idea de ello, pero la simbiosis ha ido más allá. En estos momentos, dos gitanos trabajan en ella. Uno lo hace como obrero y el otro como vigilante. En cierto modo, se ha convertido en una especie de símbolo del nuevo tiempo. No hay gitano en el poblado que no mencione el hecho.
Algunos han visto en ello una posibilidad de trabajo. Es el caso de Jesús, que todavía vive en una de las siete chabolas que permanecen en pie en la zona de los depósitos: «Yo me ofrezco para trabajar. Creo que les haría falta algún vigilante a mayores por las noches y a mí me vendría muy bien». Su mujer, Begoña Salazar, también demanda ese trabajo mientras no se resuelve su situación. «Yo ya hablé con el encargado de la obra sobre ello», dice.
Este matrimonio residía con su hijo de 5 años en una de las primeras chabolas derribadas el verano pasado. Sin embargo, construyeron una nueva. Lo hicieron con los materiales que les proporcionó el Ayuntamiento, en un espacio en el que no interfiriera con las obras. Saben que tarde o temprano se tendrán que marchar: «Por ahora no nos dijeron nada, pero a nosotros nos gustaría mucho poder vivir en un piso».
Esa es la situación que ya gozan algunos. Un antiguo residente, que prefiere omitir su nombre y el lugar en el que vive, «por miedo al rechazo que pueda generar en los vecinos», muestra su satisfacción por estar en un pequeño piso de dos habitaciones. «El Ayuntamiento, la verdad, es que se portó bien conmigo, porque allí en el poblado no se podía vivir como personas, con todo lleno de ratas, de suciedad y sin higiene de ningún tipo», explica.