José Luis Huelves: «Hablo mucho, no sé cuando tengo que parar de hablar»

El exportero del Liceo ganó todos los títulos a nivel de club y selección

El exportero del Liceo, José Luis Huelves, que ganó todos los títulos a nivel de club y selección, tiene 56 años y dos hijos de 27 y 23.
El exportero del Liceo, José Luis Huelves, que ganó todos los títulos a nivel de club y selección, tiene 56 años y dos hijos de 27 y 23.

Es de esa clase de personas que al minuto de estar con ellas parece que la conoces de toda la vida. «Soy totalmente extrovertido», comenta. Quedamos en el café Delicias de Cuatro Caminos. El veterano camarero lo saluda con un «hola, portero». «A pesar de que jugué con casco toda la vida la gente me recuerda. Nunca me ha importado que me reconozcan», asegura José Luis Huelves Álvarez. Tiene 56 años. «Los llevo bien, estoy contento de cumplir». Reconoce que practica poco deporte pero «me muevo porque llevo a los porteros del A. C. Órdenes y ahora estoy también con la escuela del Dominicos». Está casado con una madrileña, como él, a la que conoció con 16 años. «Ella es incondicional del hockey», destaca. Tiene dos hijos, de 27 y 23. Alejandro, el mayor, es profesor de educación infantil en el Liceo y jugó al fútbol en tercera división en equipos como el Bergantiños o el Dorneda. Sergio siguió los pasos del padre y, aunque no de portero, juega en el Lyon francés. «Es una aventura interesante y además aprende el idioma», apunta. Difícil, por no decir imposible, igualar el currículo deportivo del progenitor. «Gané todos los títulos a nivel de club y de selección. Bueno, todos menos la Cers, porque para ganarla habría que haberla jugado», recuerda este campeón del mundo que reconoce que, con el paso del tiempo, se convirtió «en un gallego más».

En Caixa Galicia

Me cuenta un sinfín de anécdotas. «Fueron 11 temporadas, viajando cada quince días y eso da para cantidad de vivencias. Cuento bastantes batallitas. Reconozco que hablo mucho y no sé cuando parar de hablar», comenta. En pocos minutos relata su trayectoria deportiva, su primeros pinitos en el Alcobendas y su fichaje por el Liceo procedente de Reus cuando tenía 22 años. «El año que llegué fue la primera liga que se ganó». Al poco de venir comenzó a trabajar en Caixa Galicia. «Empecé de ordenanza hasta llegar a ser director de sucursal. Ahora soy prejubilado, me marché con un ERE a los 54». Dice que para ser portero «hay que ser de una pasta especial. Celebras los goles solo mientras el resto del equipo se abraza». Desde los 8 hasta los 33 años no paró de jugar. «En 25 años de carrera recibí muchos golpes, pero solo me tuvieron que operar de menisco». Es el delegado de la selección española. «Es una experiencia bonita y una manera de darle al hockey algo de lo mucho que me dio», reconoce.

Amigo de sus amigos

«Tengo una pandilla de amigos maravillosa. Desde hace 28 años quedamos todos los sábados, que no es algo fácil de conseguir. Es un orgullo tenerlos como amigos antes, cuando era jugador profesional, y ahora». Precisamente las amistades y la familia es lo que más valora José Luis. «Soy familiar y me gusta estar con gente. Soy capaz de mantener una conversación larga con una persona que me saluda y que no sé quien es», confiesa. Le apasiona el mar y cuando recibe a gente de fuera los lleva al monte de San Pedro, por el paseo marítimo, a María Pita y al parque de Santa Margarita, al lado de donde vive. «También guardo un cariño especial por Monte Alto o Ciudad Escolar, donde estuve de director de oficina», añade. Conserva todos los vídeos de sus partidos. «Los veo de vez en cuando, pero no soy de los que los ponen a los amigos. Guardo equipaciones para donarlas a un museo del hockey si algún día se hiciese». Me cuenta que, cuando jugaba, su comida favorita era la pasta y ahora se declara «muy arrocero. Aunque no soy tonto y me gusta el marisco». Una y otra vez hace referencia al hockey, a su vida. «No me canso de este deporte», sentencia. Le pido que me diga quién fue el mejor jugador. «Martinazzo fue el más completo que conocí y Mario Agüero tenía algo especial que lo hacía más difícil de cubrir», analiza esta locuaz leyenda sobre patines

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