Tiburón asesino en Riazor

Se llamaba Pepón, debía de tener cinco o seis años. Salió del agua chorreando uno de esos días ventilados de junio en los que el arenal es más bien Friazor

El tiburón Gastón, en la Casa de los Peces.
El tiburón Gastón, en la Casa de los Peces.

A Coruña

Se llamaba Pepón, debía de tener cinco o seis años. Salió del agua chorreando uno de esos días ventilados de junio en los que Riazor es más bien Friazor, y pronunció las palabras mágicas:

-Mami, hay un tiburón asesino en el mar.

En aquel fresco primer verano de finales de los setenta rio el coro de padres la gracia del chaval, pero como quiera que este insistiese, lo cogió su madre de la mano y se lo llevó de paseo a la orilla, donde un montón de diminutos arquitectos zarandeaban con entusiasmo arena, cubos y palas.

-Ves como no hay nada, Pepón.

-Sí que hay, que yo lo vi. Muy grande y azul.

Una mueca de mosqueo se adivinó en el rostro de la mujer cuando regresó a las toallas, y ese rictus contagió (semblante a semblante) a toda la pandilla de padres con la facilidad con que el fuego pasa de vela en vela.

Un inciso: hay un punto de inflexión en la historia de los baños de mar, el estreno de Tiburón (Steven Spielberg, 1975). Después de ver cómo se las gastaba aquel escualo con gastritis son legión quienes no soportan quedarse solos con sus pensamientos en el mar en calma (sobre todo al crepúsculo) y optan entonces por una prudente retirada. Estoy seguro de que muchos de aquellos padres setenteros tenían bien presente la película.

Lo cierto es que una hora después de que Pepón pronunciase su inquietante proclama ni un solo arquitecto seguía ya en el agua: «Ven, Paquito, que vamos a secarnos un ratito a la toalla», vociferaba una madre que se llevaba en volandas a su retoño.

Nada más se supo del tiburón asesino de Riazor, pero, a última hora de la tarde, en la orilla solitaria yacía el cadáver aplastado de una pelota de Nivea. Grande, azul... Sin aletas ni mandíbulas.

Una ballena en la dársena

Alfonso Andrade
Imagen del cetáceo desembarcado en agosto de 1966 en el Muro coruñés. Veintiocho años antes, una ballena de seis metros emergió en la ría y fue muerta a tiros ante el fracaso de los métodos empleados para cazarla.
Imagen del cetáceo desembarcado en agosto de 1966 en el Muro coruñés. Veintiocho años antes, una ballena de seis metros emergió en la ría y fue muerta a tiros ante el fracaso de los métodos empleados para cazarla.

Hay que admitir que la conciencia ecológica ha sido una incorporación tardía en el proceso evolutivo de los coruñeses

Un poco animaliños sí que éramos. Hoy, cierto naturalismo y una vocación científica creciente impregnan nuestra conducta medioambiental. Llega un delfín muerto al Millennium y enseguida vienen los del Cemma para investigar, los bomberos aprovechan la retirada del cuerpo para hacer prácticas de rescate... Pero hay que admitir que la conciencia ecológica ha sido una incorporación tardía en el proceso evolutivo de los coruñeses.

El 6 de septiembre de 1938 emergió de las profundidades de la dársena una ballena de seis metros. Salió al costado del bote de unos infelices que se iban a pescar robalizas. Perplejos, no se les ocurrió mejor idea que clavarle el bichero que llevaban a bordo, y casi se van a pique porque el animal salió disparado con la lancha a remolque. Varias embarcaciones, incluida la motora de la Comandancia de Marina, se fueron a dar caza al cetáceo, que salía de vez en cuando a respirar, lanzando chorros a presión.

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