Esas mujeres (casi) anónimas

Los coruñeses las ven a diario en la plaza, en cócteles culturales o en la calle con sus discretas vidas cargadas de historias

SEÑORA CON UN MANDO DE GRELOS EN EL MERCADO DE SAN AGUSTIN
SEÑORA CON UN MANDO DE GRELOS EN EL MERCADO DE SAN AGUSTIN

Escapan de los focos. Vuelven la cara ante las cámaras. Prefieren no aparecer, ni figurar, ni ser noticia. Pero al mismo tiempo están ahí cada día: en el mercado, vendiendo en las calles, en los cócteles culturales y hasta mendigando en una esquina casi confundida con la pared en la que se apoyan. Las conocen cientos de personas. Son mujeres singulares, trabajadoras, que forman parte del paisanaje de la ciudad. Sin ellas no sería lo mismo. «A ver, ¡léveme uns figos!». Es Julia. Lleva «toda a vida» con su carrito vendiendo fruta, productos de temporada, por las calles del centro de la ciudad. Evoca cómo iba a comer higos a la huerta de su abuela. Ahora no los puede comer. Los que vende este día los adquirió por la mañana en el Mercado Central. La experiencia no ha sido buena: «Non os volvo a coller». Lo comenta mientras los va echando en una bolsa de plástico. Antes apoyó el carrito en la silla de una terraza. Es un equilibrio inestable. «Teño 89 años e aínda vou á terra. ¡Mire como teño as mans esclavas, comenta. Y muestra unas manos callosas, castigadas por el trabajo. Corta hierba. Hace lo que puede. Lo ha hecho toda la vida. Hubo una época, antes de que la refinería se instalara en Bens, en la que trabajaba en una fábrica de telas que había en ese lugar. Lo cuenta otra persona de la zona que la conoce.

Julia casi ha vaciado todos los higos de la caja en la bolsa. «Pero aínda me queda outra caixa», señala. Saca su báscula, una romana, para pesar la venta. «Hala. Leva quilo e cuarto…». Cobra. Sonríe. Es una buena vendedora. El fotoperiodista Xosé Castro intentó retratarla en varias ocasiones. Ella no quiere. Esconde esa imagen afable. «La achucharía porque es tan tierna y me recuerda a...». Esto dice una persona a quien la imagen de Julia le recuerda a la mujer que la cuidó siendo niña: «Era igual a ella».

Julia sigue con su carrito ofreciendo higos. Luego volverá al vecino concello de Arteixo, del que procede la mujer de los grelos. Así la dieron en llamar muchos después de que saliera en este periódico, en el que aparecía llevando en la cabeza un enorme lote de grelos. La fotografía de Paco Rodríguez fue una de las destacadas de ese año. La imagen se tomó en el mercado de San Agustín, donde ella tiene un puesto. Pensaba jubilarse este verano, pero tendrá que seguir por un tiempo.

En algún momento estaba dispuesta a contar retazos de una vida plena de historias, a recordar aquella niña que venía con un burro desde Arteixo y al llegar a la zona del polígono de A Grela paraba en el peaje. No es que hubiera autopista, lo que había era el fielato, donde era obligatorio dar cuenta de lo que llevaba. Excelentes productos que no solo vendía en la plaza, sino que durante años repartía por casas, puerta a puerta, de la Ciudad Vieja y el Ensanche.

Otra de las casi anónimas es Dolores, una mujer que lleva años asistiendo a los cócteles culturales de la ciudad, desde una presentación literaria hasta una exposición o la inauguración de una galería. Buena conversadora, amante de la música clásica, sorprende por sus conocimientos culturales y gastronómicos: en una ocasión hizo saber a los responsables de una entidad que los pinchos de otra institución eran mejores que los suyos.

Son ejemplos de esas mujeres anónimas que forman parte del paisanaje de esta ciudad y que quizá un día aceptarán ponerse delante de una cámara, de un foco, y dejar de ser casi anónimas para contar sus historias.

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