Con un paraguas por techo

La Voz A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA CIUDAD

DANIEL AMBROA

Una mujer acampada desde hace un mes en las Esclavas despierta preocupación y quejas entre los vecinos, que en todo caso subrayan su apariencia impecable

05 oct 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Tiene 58 y desde hace aproximadamente un mes vive acampada a la sombra de un metrosidero, en el andén de Riazor, al pie de las escaleras que suben al atrio de la iglesia de las Esclavas. Pocos tenían conocimiento de su situación hasta que una persona se dirigió a Radio Voz para informar del malestar de paseantes y padres de alumnos, que no veían con buenos ojos la inclinación de la mujer a hacer sus necesidades a la vista de todos. Es la única queja.

Alrededor de las diez de la mañana de ayer, un redactor del programa Voces de A Coruña, de Radio Voz, se desplazó al lugar donde los oyentes situaban el improvisado cobijo. Y en efecto, una mujer se encontraba sacudiendo una manta y un cojín, con los que parecía haber dormido, como cualquier ama de casa a primera hora de la mañana. «No se preocupe usted, yo estoy bien, a mí me cuidan y no tengo ningún problema, ninguno», contestó a las preguntas del periodista, que se interesó por las condiciones en las que pasaba la noche ante la pronta llegada del invierno. «Sí, claro, no se preocupe, vayan ustedes tranquilos, que no pasa nada», zanjó la mujer.

Recelos y curiosidad

El recelo y la curiosidad que suscitó en el entorno de las Esclavas quedaron de manifiesto, sin embargo, en el hermetismo que rodea su procedencia y los motivos que la han llevado a refugiarse bajo un árbol a pocos metros de la orilla del mar, ya desapacible a estas alturas de año. Belarmino Posada, salesiano asturiano y párroco de las Esclavas, recuerda haberla visto a menudo, antes de que tomara posesión del espacio, «tranquilamente sentada en uno de los bancos, leyendo, con un ligero tic nervioso que tiene, como un espasmo, pero por lo demás completamente normal». Un matrimonio que ayer tomaba el sol en uno de los asientos explicó que otro vecino del barrio, suponiéndola necesitada, le ofreció hace unos días una bolsa con alimentos, que ella agradeció y, a continuación, rehusó aceptar, porque «dijo que no lo necesitaba».

Os Golfiños, el grupo de bañistas que todos los días del año, «salvo cuando nos lo prohíben», bajan a esta esquina de Riazor a darse el chapuzón y en invierno utilizan la caseta de los socorristas -desplazada a pocos centímetros del cobijo de la mujer-, subrayaron su educación, su apariencia impecable, sus hábitos de limpieza, «con agua de las duchas de Riazor que coge con unos vasos grandes» -«yo la veo recogiendo sus cosas cada mañana como cualquier mujer en su casa, es muy ordenada», detalló el párroco-, su comportamiento, «excéntrico, pero para nada conflictivo», y sus hábitos lectores.

A mediodía, de hecho, entre los contados objetos que sobresalían del inmenso fardo armado con sus pertenencias, ocultas debajo de un paraguas abierto, podía apreciarse un diccionario de gallego, una pequeña colección de piedras y conchas de la playa extendida con esmero alrededor del tronco, y colgados de las ramas, siete paraguas, un sombrero y una pequeña bandera de España.

Treinta personas duermen cada noche en la calle, y otras setenta, en centros de acogida

Alrededor de treinta personas duermen cada noche en las calles de la ciudad, según estimaciones de la Cruz Roja y el Ayuntamiento, que a partir de estas fechas advierten un descenso acusado del número de vecinos sin techo a causa del rigor invernal y un repunte de los casos a medida que avanza la primavera, cuando las temperaturas mínimas empiezan a subir. La cifra de personas sin hogar es más elevada, no obstante, pues otras 70 personas pasan la noche en alguno de los lugares de acogida que existen en la ciudad. De hecho, la Cruz Roja atendió en el 2016 a 123 beneficiarios en su programa de ayuda a los sintecho, un colectivo de difícil abordaje para los equipos de servicios sociales, pues suelen presentar problemáticas complejos -trastornos mentales, adicciones, desarraigo familiar- y en muchos casos un rechazo innegociable a cualquier oferta de alojamiento.

Siete centros de acogida básica cubren necesidades en la ciudad con 175 plazas, de las que más de un tercio corresponden al Hogar Sor Eusebia. En primavera abrió sus puertas en Orillamar el centro municipal de baja exigencia Abeiro, que tiene capacidad para 15 personas. El albergue Padre Rubinos, que recibe una subvención del Ayuntamiento de 120.000 euros; el centro de día Accem, dotado con 10.000 euros; o el Servicio de Urxencias Sociais, gestionado por la Cruz Roja, son otras entidades de apoyo a la población sin techo.