Aquellas tardes en que Mónica venía después de clase a tomar café con los amigos de la facultad, sencillamente no estaba. Seguía nuestra conversación, las bromas, las chanzas de los compañeros con una sonrisa apenas dibujada, como si disfrutase discretamente de la compañía, pero su rostro era como el hielo, y su mirada triste y perdida delataba la fuga mental a un mundo secreto en el que un corazón sombrío corroía su vida. Hablaba poco y cuando alguien le preguntaba por el moratón de la mejilla siempre había una puerta en la que se había golpeado por descuido.

Pero lo que más llamaba la atención en Mónica ?y esto es algo en lo que, al comentarlo años después, todos los amigos coincidíamos? eran sus movimientos: su manera de protegerse con los brazos y encoger el cuerpo cuando alguien intentaba saludarla con un beso, como si sospechase que la fuesen a golpear, y su forma de caminar, deslavazada, indecisa, inquieta, como si le resultase imposible avanzar en línea recta.

Esto lo explicaba bastante mejor Anton Chejov en uno de sus grandes relatos: Agafia, una joven rusa en la que es fácil rastrear el desmoronamiento de mi amiga Mónica: «Agafia se detuvo un momento, miró de nuevo hacia atrás, como si esperara ayuda de nosotros, y echó otra vez a andar. Nunca hasta entonces había visto una manera de andar como aquella, ni entre los borrachos ni entre los que no bebían. Agafia parecía retorcerse por la mirada del marido. Marchaba ora haciendo eses, ora sin moverse del lugar, doblando las rodillas y abriendo los brazos, ora retrocediendo. Tras dar unos cien pasos, volvió a mirar atrás y se sentó».

Mónica es hoy una coruñesa feliz. Se libró del cafre de su novio porque sus padres no tardaron en interpretar aquella mirada perdida, el deambular inconexo y los moratones fortuitos. Un buen día se armó de valor y un juzgado le abrió las puertas de la tranquilidad y el equilibrio tras la correspondiente denuncia.

Hoy son muchas las coruñesas que reúnen el coraje necesario y arrancan hacia el tribunal con su andar inseguro y las piernas temblorosas. Pero, cuando llegan, las puertas están cerradas. Raro es el día que la Policía Local no identifica al autor de un delito de violencia machista. Pero el Juzgado de Violencia sobre la Mujer lleva semanas fuera de servicio porque el ministerio no se avino a suplir al titular durante sus vacaciones (es el Juzgado de Guardia el que ha asumido esa tarea).

Y así vendamos los ojos de la Justicia: abrimos ventanas a consensos políticos y pactos de Estado contra la violencia más cobarde mientras cerramos las puertas de la realidad, de la corte, del escenario en que las mujeres maltratadas destripan sus relaciones con el corazón en un puño y el pánico en la garganta.

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