La excavadora levantaba ayer montañas de arena contra la coraza del Orzán. Simétricas, suaves, como una pequeña cordillera tostada. Es el sueño de cualquier niño: una pala gigante que va creando una muralla inmensa en la playa. Sube como una oruga, vuelve a bajar, al ritmo de ese pitido machacón que se ha convertido ya en parte de la banda sonora de los temporales del invierno. Porque aunque este año se hayan hecho esperar, han llegado. Y también la excavadora. Y la duna. Ya estamos todos.
El paseo se prepara para lo que pueda hacer el mar estos días. La playa dejará de ser playa un año más y se convertirá en ese extraño paisaje en el que el asfalto da paso a una duna de mentirijillas que da paso al Atlántico, que da paso a la borrasca. Estamos tan acostumbrados que ya ni nos parece raro, pero cuando la montaña empieza a crecer para defendernos de las olas, el perfil de la ciudad se convierte en el decorado de una película algo postapocalíptica, algo inquietante. Un decorado al que no favorece nada ese muestrario arquitectónico que rodea el paseo… con edificios enteros que se atreven a dar la espalda al mar (con más discreción lo hace el Eusebio da Guarda, algo más desafiantes Hacienda y el centro de salud) y otros que compiten con el de al lado a ver quién es más guapo. Y tan acostumbrados estamos, decía, que apenas los vemos. Los que corren porque ya bastante hacen con sobrevivir con este frío. Los que pasean porque para qué van a mirar hacia un edificio pudiendo ver como baten las olas. Y todos, en general, porque igual que nos parece normal la falsa duna, también nos hemos hecho a la idea de que los edificios han ido brotando del suelo como los hombres en el huerto de Pastora Vega en Amanece que no es poco. Que no saben la guerra que dan, que chupan toda la tierra y luego les crece el rizoma. Y claro, ya no hay quien se libre de ellos. Tal cual. Ahí los tenemos a todos, subiendo los pisos que cada cual creyó conveniente, con el estilo que tocaba en la década de turno, con su amplio muestrario de materiales, abrazando el mar o dándole la espalda según la manzana que toque. Alguien decía ayer en Radio Voz que el feísmo es un invento. Que no existe, vamos. En una nueva definición de la realpolitik versión urbanística, es posible que la fachada del paseo sea una perfecta adaptación del individuo a las circunstancias de la época. O a la falta de las mismas.
Claro que, listilla como es, la ciudad sabe de qué perfil ponerse para la foto. ¿Qué hay que mirar hacia dentro? Se viste de galerías y guiña los ojos de las ventanas de la Marina. ¿Qué hay que mirar para fuera? Da la espalda, se disfraza de océano y se deja mojar por las olas.