CARLOS FERNÁNDEZ PERSONAJES CORUÑESES
16 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Veterano farmacéutico coruñés, fue el quinto miembro de una familia que en 1827 abrió una botica en la calle Real y que es hoy, en el siglo XXI, la más antigua de la ciudad. Pepito Villar estudió su carrera en Madrid en los años veinte. Iba a tomar el aperitivo a la esquina de la plaza de Santa Ana, tras latar a la clase de la asignatura de Higiene. Después volvió a A Coruña, una ciudad pequeña que terminaba en las huertas de Garás y en la cuesta de Santa Margarita, y atendió la farmacia familiar, en donde se preparaban las más curiosas soluciones para las enfermedades más diversas, desde el grog de vahos de eucalipto hasta el bismuto o las sales de mercurio. Villar se casó con Victoria López Caro, Tori para los amigos, una señora simpática y vivaracha, que siempre estaba de buen humor y se lo contagiaba a los demás. Fue muy amiga de mi madre y era una buena cocinera, especialmente en platos complicados, aunque cuando invitaba a merendar a sus amistades solía ofrecerles chocolate con churros. «Bureau» Yo siempre recuerdo desde que era niño a Pepito Villar sentado sobre un viejo bureau de madera que se encontraba nada más entrar en la farmacia a mano derecha. En cuanto veía a mi madre se levantaba como un resorte e iba al mostrador a saludarla. Vivían en el mismo edificio con sus hijos y siempre fue una familia bien avenida. Cuando falleció Tori, como consecuencia de un cáncer, a finales de los años ochenta, Pepito comenzó a morir. «Me he quedado muy triste, sobre todo a partir de las nueve de la noche», le decía a Isabel Suárez Castaño en una entrevista publicada hace algunos años en La Voz. Persona y farmacéutico entrañable, de gran humanidad, muy coruñés, que vivía los problemas de sus amigos y clientes. Fue la reliquia de un tiempo que se nos escapa irreversiblemente.