Cultivar en pequeño para sostener el mundo: la agricultura ecológica y silenciosa de A Coruña

CARRAL

Dolores Porto, no mercado de Betanzos, onde vende os produtos ecolóxicos que cultiva en Irixoa
Dolores Porto, no mercado de Betanzos, onde vende os produtos ecolóxicos que cultiva en Irixoa Marcos Míguez

Frente a la lógica del campo industrial, tres productoras de Carral, Irixoa y Paderne demuestran que es viable vender la producción sin intermediarios, directamente a las familias

15 mar 2026 . Actualizado a las 18:49 h.

La moda de la agricultura ecológica tiene muchas caras. Las de Dolores Porto, de Irixoa; Ana Rodríguez, de Carral, y Marina López y Alberto Jiménez, de Madrid, son la antítesis de lo efímero. Cero moda. Que Inditex, en su compromiso local, haga víveres para sus comedores en las huertas eco de la comarca es otra cosa. Los 6.000 metros cuadrados, menos que un campo de fútbol, que Ana cultiva en Reboredo; las 30 hectáreas, incluyendo pastos, que Dolores trabaja en Lousada, y la hectárea y media que Marina y Alberto mantienen en Paderne, se deben a una cultura tan poco fugaz que supera los 10.000 años en Europa y hasta hace un siglo se mantuvo casi inalterada. 

«Os meus pais tiñan vacas de leite e un pouco de todo, pero no 2011 o meu pai enfermou e dábanos moita pena que se perdera todo isto», cuenta Dolores Porto desde Irixoa. Ella y su marido, Sergio Boado, se ocupaban entonces de otros menesteres, pero «case como un hobby ao principio» y cada vez con más entrega acabaron por dejar sus trabajos y poner toda su atención en la granja. Al método no tuvieron que darle vueltas. «O que xa existía na casa. Nin herbicidas nin fertilizantes químicos», dice. El certificado ecológico se daba por supuesto. Y la venta directa, sin intermediarios, también.

En la granja conviven 15 vacas de carne, otras tantas ovejas y cabras, cuatro cerdas reproductoras, medio ciento de gallinas ponedoras, pollos de engorde que compran de cien en cien, cultivos de cereal y huerta. «Pouca cantidade de todo, pero moita variedade, porque temos todo orientado ás familias. Eu non lle vendo a ningunha superficie grande», señala Dolores, que acude dos veces por semana al mercado de Betanzos y dos domingos al mes al Campo da Leña de A Coruña. «A industria abusa bastante dos produtores. Prefiro o contacto directo coas familias, que poidan vir de visita e ver como facemos», invita. 

La burocracia

El trabajo, como la convicción, es intenso. El matrimonio asume todo, y también la abrumadora burocracia de la certificación ecológica. «Hai que ordenar as facturas, apuntalo todo, o que comen os animais, o que compras, o que produces. O papeleo é horrible», admite. Aun así, defiende a ultranza la viabilidad del proyecto y su calidad de vida. «Non te fas rica, pero é un traballo gratificante. O malo é cando tes que facer algo e nin sequera estás de acordo, non? Nós, non». En pocos días estrenarán un pequeño obrador para transformar la carne en embutidos propios, un paso más hacia la autosuficiencia de la explotación.

Ana Rodríguez, na súa explotación ecolóxica de Carral
Ana Rodríguez, na súa explotación ecolóxica de Carral .

En el 2012 echaba a andar la granja de Dolores y empezaba Ana Rodríguez en Carral. Hija de ganadero y graduada en Relacións Laborais, «pensaba que isto era o más fácil do mundo», recuerda. Pasó el tiempo y supo que no tanto, pero solo con una huerta para autoconsumo consiguió el sello del Craega. Quince años después, produce en 5.000 metros abiertos y 1.000 bajo invernadero kale, espinaca, cebolletas o brócoli en invierno, y tomates, pimientos, berenjenas o calabacines en verano. Las gallinas también hacen lo suyo. «Aproveitan os restos e axudan a facer compost», explica Ana, que también elabora bokashi, un abono japonés con ceniza para alimentar la tierra: «Nunha explotación comercial a terra está producindo seguido e precisa moita alimentación. O primeiro cultivo é o compost».

Ana Rodríguez vende los jueves en San Agustín y el primer y tercer domingo del mes en el Campo da Leña, el mismo lugar donde hace cien años las mujeres de las aldeas proporcionaban el mejor sustento a la ciudad, y donde hoy continúan haciéndolo. Un intermediario acabaría con ese trato de confianza, además de ahogar sus márgenes. 

De Madrid al Mandeo

Hace casi dos décadas, Marina, de profesión maestra, y Alberto, fisioterapeuta, dejaron Madrid porque querían vivir «en el medio rural y del rural». Y sin vínculos con Galicia, acabaron en Paderne, donde explotan 1,5 hectáreas de arándanos y frutales. «Buscábamos una producción que no requiriera plena dedicación y que fuera fácil de vender», explica Alberto. Cada año producen entre 400 y 500 kilos de arándanos, que colocan en Inditex, en mercados y a través del boca a boca. El lastre está en el acceso a las tierras, la inversión en maquinaria o la competencia de los grandes supermercados.

En un contexto de creciente concentración agraria y dominio de las grandes cadenas de distribución, Ana, Dolores, Alberto y Marina reivindican un modelo productivo sano, sostenible, humano y el único capaz de sostener en pie las aldeas. «Con explotacións enormes non imos gardar o rural —advierte Ana desde Cambre—. Veremos un tractor enorme polo medio das casas medio abandonadas. Se queremos manter o rural, necesitamos moitas pequenas fincas que sigan vivas».