A Coruña recuerda el largo día que se quedó a ciegas: «Despaché pilas como panes, hasta me querían comprar mi linterna»
A CORUÑA CIUDAD
Comercios, industria, restaurantes o centros sanitarios hacen balance 12 meses después de una crisis sin precedentes que rescató radios y linternas de la alacena
28 abr 2026 . Actualizado a las 10:08 h.Hoy muchos lo recuerdan como una anécdota. Sin duda, fue un día histórico. Por primera vez, todo el país se quedó a oscuras a las 12.33 horas. Sin luz, pero también sin cocinas, sin teléfonos, sin internet... Todo se paralizó y, lo peor, es que no se sabía cuánto iba a durar aquel cero energético ni quién o qué lo había provocado. ¿Un ciberataque, tal vez? Las teorías conspirativas no faltaron en una larga jornada en la que se volvió a los orígenes, a lo que no falla, lo analógico. Las tiendas de barrio fueron el salvavidas para muchos. Cuando hacer un pedido por Amazon no era viable, sí lo era bajar la escalera y entrar en el bazar de toda la vida, donde los dueños se arriesgaron y fiaron. Pilas, baterías, cámping gas, linternas y, especialmente, las radios, cotizaban como el oro. «Si tuviésemos más, más vendíamos. Por la tarde tuvimos que ir en coche hasta el almacén que nos suministra, nos habíamos quedado sin nada!», exclama Eduardo Díaz, que regenta La Luna, en Juan Flórez.
En industrias como Genesal, en Bergondo, especialistas en fabricación de grupos electrógenos, ese 28 de abril convocaron de urgencia a todos los departamentos. «Pasaron unos minutos de esa incertidumbre inicial desde el momento en que se tomó conciencia de la magnitud del problema. Se activó el comité de crisis, donde se establecieron las prioridades de atención a los clientes», recuerda Marga González, directora del servicio de asistencia técnica de Genesal Energy. «Centralizamos el soporte a los clientes trabajando alimentados por nuestros propios grupos electrógenos. Desde allí se atendían las llamadas y, en función de la complejidad de cada incidencia, se derivaban a los técnicos más adecuados», apunta.
Una de esas áreas críticas, sin duda, fue la de la asistencia hospitalaria. «Fue un día de muchos despropósitos, sobre todo por la falta de información. Nunca habíamos vivido algo así, a nivel global», define Víctor Manuel Calvo, el jefe de mantenimiento del área sanitaria de A Coruña y Cee. Allí también se convocó a un equipo multidisciplinar con el que abordar una situación inaudita en la que los mayores dieron una lección a los más jóvenes. «Los hijos dejaron sin radios a sus padres», dice Pepe Gajino, que vendió ese día medio millar de transistores.
Rafael Vázquez, Ferretería Araújo: «Todo aquello que funcionase con gas se vendió»
«Todo aquello que funcionase con gas se vendió, cocinas de gas, cámping gas, maletines de viaje... Todo lo que no fuese enchufado», detalla Rafael Vázquez, empleado de la Ferretería Araújo, abierta en Marqués de Pontejos en 1989. «El apagón fue al mediodía. Al principio, la gente esperó, confiando en que volvería la luz para preparar la comida. Pero no fue así... llegaron hasta madres y padres con bebés, desesperados porque necesitan algo con lo que poder calentar la comida. Los famosos cámping gas o los maletines que se usan mucho en excursiones o para viajes en furgoneta fueron una alternativa perfecta. También las míticas cocinas que funcionan con la botella de butano. Nos compraron también restaurantes ese día, incluso los hornillos de sobremesa. Ese día fiamos muchísimo. Solo nos faltaba el lápiz en la oreja y el mandil», resume Rafael de aquel «caótico y apresurado» día que ya es parte de la historia.
Víctor Manuel Calvo, responsable de mantenimiento del Chuac: «Te preparan para situaciones excepcionales, pero no para algo así»
Hay servicios que no pueden parar y, sin duda, esos son los hospitalarios. Por muchos simulacros realizados, hay una situación para la que nunca se habían preparado en el área sanitaria de A Coruña y Cee: «Nunca tuvimos en mente un cero absoluto en toda España». Para Víctor Manuel Calvo, el 28 de abril fue el día más «intenso» de su vida laboral. «Fue estresante, pero salimos bien parados», sintetiza. «Nunca había pasado nada así, a nivel global. Lo peor fue la desinformación, cada vez mayor, a medida que pasaban las horas», destaca.
Solo en el Chuac, explica, cuentan con cuatro grupos electrógenos. «Tienen combustible para 24 horas y cubren el 90 % del hospital. El problema es que no sabíamos a qué hora volvería la luz. A partir de las 18.00 primero, y de las 20.00 horas después, cuando la situación se prolongaba ya mucho tiempo, hubo que reunirse para pensar qué cargas retirar del grupo para que durase más. Evidentemente, no las áreas más críticas, las quirúrgicas, las ucis, las zonas de esterilización...», enumera Víctor.
«Trabajamos con distribuidores locales para tener suministro de gasóleos continuo, esto nos daba tranquilidad», añade. «Estábamos tensos», reconoce. «Te preparan para situaciones excepcionales, pero para una como esta no hay preparación. Estuvimos en una situación bastante compleja», resalta. La electricidad no se restableció por completo hasta pasadas las dos de la madrugada en el hospital.
Como las comunicaciones eran imposibles, incluso rescataron los walkie- talkie. «Hubo que recurrir a fórmulas de comunicación alternativas. Pero la cobertura llega hasta donde llega. En Muxía o en Sobrado dos Monxes, donde llega el área, no hay walkis que valgan», expresa. Con todo, termina, se queda con esto último: «Nos valió de aprendizaje».
Eduardo Díaz, de La Luna: «La gente se quedaba tranquila cuando ya tenían una radio en la mano»
En el día del apagón los clientes sabían a dónde tenían que acudir, y no era a un centro comercial, sino a sus tiendas de barrio. «Cerramos a las diez de la noche. Las colas eran interminables, de 40, 50 personas. No veías el fin», recuerda con cierta emoción Eduardo Díaz, al que todos en Juan Flórez conocen como Eddie. Su tienda, La Luna, ya una histórica de la calle, salvó aquel día a más de uno.
«Una señora me fue a por un bocadillo. Eran las cuatro de la tarde! Me dijo, ‘‘no te vayas a comer neniño, que necesito una radio''. Otro, quería comprarme la linterna que tenía en la mano. Fue una locura, un caos maravilloso porque, dentro del nerviosismo, nadie perdió los papeles. Esperaban a su turno en la cola. Despaché radios y pilas como panes. Jamás vendí tantas pilas en mi vida. Y, si más tuviera, más vendía. Todo se hizo a la antigua usanza, saqué una libreta para apuntar lo que vendía con el lápiz. Lo que más me impresionó es que la gente se quedaba tranquila cuando ya tenía su radio en la mano», destaca Eddie.
Marga González, de Genesal Energy: «Creamos un grupo de crisis»
Son especialistas en grupos electrógenos. «Para hospitales, centros de datos o servicios esenciales donde el respaldo energético forma parte de la operación», explica Marga González, directora de asistencia técnica de Genesal Energy, en Bergondo. Si hubo una industria socorrida ese día, esa fue la suya. «Fue como afrontar una jornada de 48 horas», define. «Tomamos conciencia de la magnitud del problema», recuerda. Se convocó a todos los departamentos en una sala. «Tuvimos especialmente en cuenta a aquellos clientes con servicios 24 horas contratados, así como a los servicios considerados críticos para la empresa, como los centros de datos, las telecomunicaciones y los servicios sanitarios», dice. El apagón se tradujo «en una evolución en la forma de entender la energía de respaldo», incide.
Pablo Gil, de Altia: «Los grupos electrógenos no fueron una improvisación»
«El apagón del 28 de abril se abordó en Altia como un escenario real de continuidad de negocio, no como una incidencia pasiva a la espera de resolución externa. La clave fue que la infraestructura estaba diseñada precisamente para desacoplar la operación tecnológica de eventos como una caída generalizada del suministro eléctrico», explica Pablo Gil, gerente de cuentas Data center de Altia.
En una compañía eminentemente tecnológica, la energía es indispensable. Sin ella, no van los ordenadores. Incluso la inteligencia artificial tiene límites, empezando por su fuente de alimento. Conocedores de ello, desde la multinacional con sede en Oleiros están preparados. «Desde el punto de vista operativo, no se trató de esperar a que volviese la luz, sino de ejecutar automáticamente un modelo de contingencia previamente diseñado y probado», continúa. «Los grupos electrógenos forman parte esencial del modelo de resiliencia y no fueron una solución improvisada», resume.
Pepe Gajino, de Comercial Lagares: «Vendimos 500 radios en un día»
Otra de las tiendas que aquel 28 de abril fue punto de encuentro es Comercial Lagares. Su dueño, Pepe, no recuerda nada igual en 45 años detrás del mostrador. «Recuerdo gente, mucha gente. ¡Vendimos unas 500 radios! Todo lo que había en el almacén. Ese día todos querían lo mismo: radios, linternas y pilas. Muchos clientes me recordaban que ahora eran ellos los que se reían de sus hijos, que siempre les decían: ‘‘Pero mamá, quién usa hoy en día una radio a pilas''», dice Pepe Gajino.
El día del apagón, los hijos fueron a por los viejos transmisores de sus padres. La radio, continúa diciendo Pepe, nunca falla, y muchos lo descubrieron el 28 de abril del 2025. «Me recordó al 23F en lo informativo. La gente necesitaba saber qué pasaba», asiente Pepe.
Y hoy, ¿se siguen comprando radios? «La radio es la pastilla de dormir de muchísima gente», afirma. Si este 2026 volvemos a tener un apagón, Pepe asegura que están preparados: «Tenemos radios suficientes, ese no será el problema».
Rubén Rey, de A Taberna de Cunqueiro: «Para la hostelería fue un día perdido»
«Abrimos todos los días, de 12.00 horas a la medianoche», puntualiza Rubén Rey. La hostelería fue otro de los sectores damnificados. «La comida más delicada, como los mariscos, tuvimos que tirarla. Las cámaras funcionan muy bien, pero fueron muchas horas», explica Rubén Rey, de A Taberna de Cunqueiro, en la calle Estrella.
Consiguieron resistir sin cerrar las primeras horas, en gran medida, gracias al pulpo, que hace la pulpeira. «Servíamos eso y bebidas, pero hubo un momento en el que ya no había luz. Una vez que se apagaron las luces de emergencia vimos que no era seguro seguir abiertos. Como mucho, podíamos atender en la terraza, pero si un cliente necesitaba entrar para ir al baño, no veía nada. «Algún cliente, que no tenía efectivo, dijo que volvería el día siguiente a pagar, pero no vino. En esta calle tenemos muchos turistas. Fue un día perdido, lo mejor es que no se repita», admite sonriendo.