Orgullosos de cumplir años

Llevan con la cabeza bien alta el año de su fundación. En letreros, eslóganes o en el logo. Por el ADN de estos negocios corre un sentimiento de orgullo, de satisfacción por haber sobrevivido al paso del tiempo. Esta es su historia.

.Carmen y Francisco, en la puerta de Deive.
Carmen y Francisco, en la puerta de Deive.

«Desde 1941». Esta leyenda acompaña al escaparate de primavera de confecciones Deive, en Betanzos. Toda una institución de la rúa Travesa, este negocio, que ocupa un edificio diseñado por Rey Pedreira, compite en antigüedad con otros de la calle como Ramoné, el taller centenario de reparación de zapatos, o calzados Pepe Granero. La antigua galería, dedicada toda la vida al textil, presume de año de nacimiento. En el exterior del local, en las pegatinas con las que preparan sus paquetes, en las estanterías que conservan el aire de gran tienda, de toda una vida vistiendo a los vecinos de la comarca. Dentro, Francisco Deive, hijo del fundador, hace memoria de los inicios de la casa. «Antes vender un traje de caballero era como vender un piso». Confecciones Deive tenía cuatro plantas en sus inicios y era especialista en tejidos, sobre todo en telas blancas. «Se vendían muchas porque formaban parte del ajuar. Teníamos un escaparate solo dedicado a las telas blancas», recuerda mientras muestra la publicidad que se hacía en la época y que aún conserva. «Almacenes Deive, 4 escaparates atestiguan la sinceridad de sus ofertas. Véalos», reza en una de las publicidades del siglo pasado. «También se anunciaba en los cines», apunta Francisco. Recuerda cómo se pasó de vender jerséis para caballero de tres colores a tener un Pantone en las estanterías. «Fuimos de los primeros en tener sección de novia», añade. Y así hasta hoy, con mucho orgullo. 

Vivieron todas las épocas y las recuerda todas con cariño. «El mundo del textil ha cambiado mucho. Ahora lleva mucha velocidad», confiesa. Con él está su hija Carmen, que se encarga del negocio. «Al final sigues porque le tienes un cariño y un respeto al negocio que empezó mi padre. Y también porque creo que el comercio alegra una ciudad», asegura. Ellos forman parte de la historia de Betanzos.

«Panadería Ferrecho, desde 1930». Pasar por Vilasantar y no comprar el pan de leña que hace Marisol es casi imposible. «Empezó mi abuelo con 18 años. Después siguió mi tío y cuando se jubiló continué yo. Y aquí sigo, hasta que me jubile», explica Marisol. «Llevo toda la vida aquí y me encanta. Es muy sacrificado, pero merece la pena», asegura. Recuerda el cartel con el que su abuelo intentaba atraer a los clientes. «Tenía un letrero que ponía: ''Alto aquí, panadería Ferrecho''». «En los pueblos es muy habitual que la familia siga con la tradición del pan. ¡Alguien tiene que seguir peleando por la panadería artesana!», exclama. Está orgullosa de la receta que creó su abuelo y de poder seguir amasando cada día el pan como se hacía en 1930. «Es el pan más rico del mundo», cuenta con una sonrisa. Ella dedica su día al trabajo, pero reconoce que es feliz. «Hago lo que me gusta y me encanta estar siempre ocupada».

Como Marisol, en la parroquia de Carnoedo, en Sada, Manuel continúa con la panadería que abrieron sus padres en 1948. «Llevo toda la vida aquí, nací en la panadería y llevo trabajando desde los 14. Recuerdo que cuando tenía 6 o 7 años y volvía de la escuela mis padres aprovechaban para dormir una siesta y yo me encargaba de despachar el pan», recuerda Manuel. Tiene 64 años y le queda hasta final de año para jubilarse. «Tengo tres hijos que están metidos en el negocio», asegura. Desde el inicio, se preocuparon por la marca de su pan. El logo cambió varias veces y el último recuerda la fecha de apertura de este horno de pan: «Desde 1941». «La gente se queda con la fecha, da prestigio», reconoce Manuel. Su secreto para que los años no pasen por el negocio: mantener la receta de toda la vida. «Sigo haciéndolo como mis padres. El tren de trabajo es prácticamente manual». 

En los platos desde 1970

.Los fundadores de Gisva, junto a uno de sus camiones.
Los fundadores de Gisva, junto a uno de sus camiones.

«En tu hogar desde 1970». Este es el lema que decora los camiones de cárnicas Gisva, en el polígono de Sabón, en Arteixo. Su especialidad: la compraventa de productos cárnicos frescos y congelados. «Es un orgullo recordar los comienzos. Fue una época muy bonita», cuenta Jacinto, uno de los fundadores de la empresa.

El eslogan de Gisva responde a su forma de trabajar: «Nos conocen por la forma de atender al cliente, cercana. Seguimos visitando a nuestros clientes dos veces por semana. Es algo que conservamos desde el principio». El trato no ha cambiado, pero sí la demanda de los productos. «Antes la costilla no tenía tanto valor, pero ahora con la moda de las parrillas es uno de los más demandados».

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