Indagación radical de qué significa vivir

El filósofo santiagués Ignacio Castro plantea en «Ética del desorden» una guía, en la que pesa mucho el valor del azar, para que la gente recuerde cómo empezó y donde está

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Redacción / La Voz

Votos de riqueza (2007) era un libro muy duro, en las antípodas de Ética del desorden (Pre-Textos, 2017). Aquel era un ensayo furioso lanzado contra el orden establecido. Ha pasado un decenio. En su nuevo trabajo, el filósofo Ignacio Castro (Santiago, 1952) se toma las cosas «como a broma». Una broma que le ocupó casi ocho años de trabajo. «Es como un juguete con el que hay que jugar», dice. En realidad, es un proyecto muy serio, pero la visión es más amable, más afirmativa.

En su propuesta subyace la idea de que el mundo del hombre, su ethos, su moral son algo que se construye a golpe de azar, por la fuerza de lo no llamado. «Todo el libro -incide- es un recorrido por la importancia vital de lo no elegido: haber nacido, tener este nombre, ser de Betanzos, haber nacido mujer u hombre en China». Quiere aportar significado a los supuestos accidentes: «Bajo a buscar el pan y me topo con fulanito, que me vuelca el día, y decido cambiar mi vida». Y es tan largo (medio millar de páginas) porque intenta deconstruir todo lo construido para adivinar, hacer aflorar lo que hay por debajo. Y ver cómo lo crucial, lo que queda, casi nunca obedece al plan, sino que ha surgido en los márgenes.

No es un canto hippy al azar, al advenir, advierte, pero guarda una buena conexión con las ideologías, culturas, filosofías orientales y occidentales, con Nietzsche, Tao Te king, Borges y un prolijo etcétera, que encuentran en lo que ocurre las claves de los cambios que hay que realizar. «Siempre tenemos planes, y hay que tenerlos, pero -matiza- también estar atentos a lo que surge para dejar los planes y mudar drásticamente de orientación».

Que nadie espere un manual de autoayuda. Es solo un acicate para la reflexión. «Un gran catálogo de preguntas cruciales -ahonda Castro-. Las respuestas vienen por el empuje de la pregunta. Pero sí es una indagación radical de qué significa vivir, una actualización contemporánea de la vieja cuestión: qué tenemos en común todos los seres por el hecho de existir, qué nos hermana».

El profesor -ejerce en Madrid- organiza la pesquisa en cinco capítulos (percepción, intuición, espacio-temporalidad, vida mortal y lenguaje), y configura un gran texto coral que ha salido, dice, después de un proceso de despersonalización. «Me gustaría llamarlo manual de heteroayuda, porque el auxilio jamás viene del autor sino de lo ocurre por fuera, del extraño, el extranjero, lo anómalo, lo ajeno al yo, mi, me, conmigo en que siempre estamos encerrados». Es un libro, insiste, poco antropocéntrico, más oriental que occidental, o, si se quiere, «de un Occidente primero que sigue aquí latente tapado por la costra de ese Occidente tan elevado, orgulloso de sí mismo, encantado de haberse conocido, tan potente».

Castro busca recuperar la infancia de las palabras, las percepciones, los sentimientos, su primer surgir. Recuerda lo que apuntaba John Cage sobre que la música era sobre todo escuchar el sonido del mundo antes de que cuaje en signo y en símbolo instituido. Y el libro trata de «escuchar la música del mundo, su significado, antes de que cuaje en estructura social, lingüística, política…». 

Una catedral barroca

Contra el epígrafe de autoayuda está la complejidad de la lectura, de la estructura del libro, como en red. El autor explica que obedece más que al caos a un diseño multiforme; «como en una catedral barroca, todo el edificio del libro está en cada punto». Tiene, aclara, una estructura rizomática, que diría Deleuze, de expansión reticular. Se puede leer todo seguido, abordaje más pensado para especialistas, o bien consultarlo de vez en cuando; «y no importa el orden, como en Rayuela». Pero a la vez, asegura, hay una voluntad sistemática, que Castro no siempre ha tenido, de hacer un largo recorrido con un cierto orden.

El libro es también un homenaje a lo leído. Hay mucha lectura detrás. Pero intentó que brillase con cierta desnudez. «Se aborda a Berger, Lorca, Plath o Weil en función de esa desnudez. Hay un recorrido a contrapelo de todos los cánones. Se sientan a la misma mesa nombres consagrados, como Unamuno, Spinoza y Hegel, y otros apenas transitados como Maese Eckhart, San Agustín, Robert Walser o Clarice Lispector, que están de moda siempre pero casi nadie entra en ellos. La óptica que se emplea es anómala porque se va a las esquinas olvidadas de estos autores, que los explican de otro modo».

Y ¿qué diría el libro sobre lo que ocurre en Cataluña? Una sociedad, replica Castro, necesita con una mano atender a lo nuevo, casi siempre incómodo, y con la otra, y aquí el mundo hispánico entra en eterno conflicto, no tener reparos con la autoridad de lo que surge o de lo que ha llegado. «Evidentemente, el tema catalán -subraya- es ajeno a mi libro. Pero yo lo contemplo como dos pugnas estatales, no como una pugna entre la vitalidad democrática por una parte y las instituciones por otra. Le encantaría este análisis a Puigdemont, pero yo francamente no me la trago. Creo que el problema de estos días es un problema político, de poder. Son dos trenes, y no un burrito encantador que teme ser arrollado por un convoy», zanja.

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