El hijo del baile acuático

El somormujo lavanco busca su alimento bajo las aguas del embalse de Abegondo-Cecebre


En primavera su silueta me recuerda siempre a un desarbolado y pálido drakkar vikingo. Adorna su alta y delgada proa un mascarón tallado por un artista que ha querido retratar una criatura fantástica, mezcla de ave y de dragón. Su pico es largo, en forma de cuchillo. De los lados de su rostro blanco asoman unas anchas gorgueras de color caoba, bordeadas de negro. Nacen en su cabeza dos mechones en forma de cuernos. La intensidad roja de sus ojos es un aviso de su condición salvaje.

Luego, cuando de repente introduce su cabeza y luego el resto del cuerpo bajo la superficie, es como si hubiese sufrido una inesperada metamorfosis para convertirse en una serpiente acuática y emplumada. Allá abajo es el terror de las carpas.

Al regresar de nuevo a este lado del mundo, se convierte otra vez en embeleso para cualquiera que lo observe. Hoy lo es para mí.

Jóvenes más discretos

El que tengo más cerca es un ejemplar en plumaje invernal, mucho más discreto. Por unas marcas oscuras en sus mejillas, deduzco que es un joven. Hasta la primavera, como sus mayores, no adquirirá esas galas tan llamativas. Impulsado por sus grandes patas palmeadas, situadas muy hacia su popa, deja tras de sí una estela en forma de uve cada vez más ancha. En ausencia de viento, bajo un gris cielo encapotado, la extensión de agua de este embalse de Abegondo-Cecebre parece esta mañana una infinita lámina de mercurio. El marco perfecto para que su gracia destaque como merece. Ningún ave acuática navega como un somormujo lavanco.

Acaso sea porque los de su especie son hijos del baile acuático. O, si se prefiere, de la natación sincronizada. Todos los años, en primavera, cada pareja refuerzan su vínculo mediante una danza tan elegante como fascinante. Se aproximan frente a frente, nadando con el cuello muy estirado, que luego curvan a la manera de un saludo de salón. Descienden juntos al fondo, de donde emergen con un ramillete de vegetación en el pico, para adoptar entonces una posición muy vertical de todo el cuerpo. Les sostiene así el remo agitado de sus fuertes patas. Navegan luego con el cuello de nuevo muy estirado, pero esta vez en paralelo a la superficie...

Su nido es flotante, amarrado a la vegetación de la orilla. No les gusta la tierra firme. Esas patas situadas muy atrás con respecto al cuerpo para impulsar mejor su buceo resultan muy inadecuadas para caminar. Al poco de romper el cascarón, sus pollos ya nadan y bucean tras sus papás. O sobre ellos, con sus cabecitas asombradas asomando entre las plumas de sus dorsos.

El que tengo ante mí, ¿habrá echado ya el ojo a otro somormujo de este embalse, con quien primero bailar las próximas primaveras, y luego criar a sus hijos? Por el momento lo que tiene es más apetito. Se sumerge hacia el fondo. Y hasta que regresa, el paisaje se queda durante demasiado tiempo vacío de gracia.

Dónde observarlos

El puente que atraviesa el brazo del río Mero del embalse de Abegondo-Cecebre es un lugar perfecto desde el que buscar con prismáticos ejemplares agrupados o solitarios.

Macho y hembra

Los machos y hembras adultos se pueden diferenciar por el tamaño y extensión de las plumas que adornan sus cabezas en primavera. Las de los primeros son siempre mayores.

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