Arenas reedita «La reina de los Cantones» en versión facsímil, un libro de 1925 que retrata los usos y costumbres de la alta sociedad de la urbe
30 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.No existía el término y, por tanto, no sabía que estaba inventando a la mujer de moda, hoy más conocida como influencer. Aun así, hace cien años que el guadalajareño Pedro Gamo dio vida a Lucía Daveiga, una hermosa muchacha de 28 años a la que todos llaman La reina de los Cantones. Este es precisamente el título de la obra que tal día como ayer cumplió cien años, y que ahora reedita la librería Arenas en versión facsímil después de que los descendientes de Gamo quisieran honrar el nombre de este cronista. Inspector de Hacienda de profesión, pese a haber vivido solo diez años en A Coruña, retrató a la perfección los usos y costumbres de una ciudad que, en cierta medida, mantiene la esencia de aquellos felices años veinte.
Manuel Arenas y Rosa Otero, primera hija adotiva mujer de la urbe, presentaron este libro, que bien puede ser leído como manual —en la línea, precisamente, de esas guías que que vende esta misma librería y que enseñan a las gallegas a ser buenas esposas y, a ellos, buenos maridos—.
Los dos coinciden en que La reina de los Cantones refleja con precisión esa forma tan coruñesa de entender la vida, que pasa obligatoriamente por estar en la calle. Aunque muchos detesten reconocerlo, uno de los personajes principales de este libro menciona con qué objetivo se iba en 1925 a los Cantones y a la calle Real: «Es el lugar donde los hombres van a ver y las mujeres a ser vistas», así que pasear calle arriba y calle abajo era un plan de ocio democrático e imbatible.
El libro descubre a través de Lucía Daveiga, que era entonces el no va más gracias a unas prendas únicas, una belleza clásica e imponente y un cancaneo que rompía cuellos, cómo vivía la alta sociedad coruñesa. Esta delicia hecha palabras retrata cómo la urbe empezaba a florecer como destino predilecto del turismo de balnearios, también de qué modo el centro de la ciudad se reducía a prácticamente tres calles y cuál era ya el poderío de quienes vivían en la zona de Ciudad Jardín.
Retroceder cien años en la memoria de A Coruña permite mirar con distancia la evolución de la ciudad, pero también entender por qué edificios como el del Banco Pastor son hoy en día absolutos iconos de la ciudad.
Tanto Rosa Otero como Manuel Arenas, que con sorna inciden en que también a ellos les queda lejana la década de los veinte, se ponen nostálgicos poniendo un ojo en el pasado. San Andrés, una vía fundamental en el día a día de Lucía, Rodrigo y Pascasio, lo fue para tantos coruñeses que hoy son abuelos y padres; y que vieron —como también explica Otero— cómo la decadencia se fue acercando hasta matar prácticamente el comercio local de la zona con la irrupción de los centros comerciales. Hoy intenta recuperar su espíritu gracias al impulso de negocios locales y a una peatonalización llamada a hacer de San Andrés un bulevar.
El retorno de emigrantes que buscaron un futuro mejor en Cuba tocará la fibra sensible de no pocos lectores, pues este es otro de los temas centrales de este libro, que también menciona a La Voz de Galicia como la fuente de información principal de los coruñeses.
Las extintas churrerías de la Marina, el jardín de San Carlos, el Campo da Leña y unos lugares que aún eran «pequeños» en la época en la que Gamo escribió este libro —ahí están Monelos, San Roque, San Cristóbal o A Gaiteira—, son un puzle de recuerdos que deja una imagen más que apetecible para admirar cualquier tarde de invierno.