Tenía ganas de cruzar por primera vez la puerta de este pequeño comercio, que huele maravillosamente a telas y en el que anotan a mano mi nombre y el precio del trabajo y prenden el papel a la tela con un alfiler
23 mar 2022 . Actualizado a las 05:00 h.En la calle Costa Rica hay un sastre en un pequeño local. Te recibe una máquina de coser antigua, una mesa que hace las veces de mostrador e, imagino, de superficie de corte. Colgadores a los lados, un par de maniquíes con prendas a medio hacer, y una trastienda que es al mismo tiempo taller, probador y almacén. Además de hacer chaquetas, dice en el escaparate que hay subida exprés de bajos, y allí esperan mis pantalones a que una modista amabilísima les suba la bastilla. Y sí, la tienda donde compré los pantalones la sube también... pero confieso que tenía ganas de cruzar por primera vez la puerta de este pequeño comercio, que huele maravillosamente a telas y en el que anotan a mano mi nombre y el precio del trabajo y prenden el papel a la tela con un alfiler de cabeza redonda.
No sé cuánta gente entra en una tienda para subir una bastilla, o va al zapatero a poner tapas, o si se venden aún huevos de zurcir. Mi generación ya no llegó, probablemente, a que sus madres y abuelas le dieran la vuelta al cuello del abrigo para que aguantase un invierno más. A mí todo aquello me sonaba a batallita, pero he visto reciclar camisas y aprovechar retales al máximo, y poner tapas y arreglar tacones porque unos zapatos buenos son unos zapatos buenos.
Yo te lo hago, me dijo un zapatero en San Andrés el otoño pasado, pero te va a salir caro porque tengo que poner casi toda la suela nueva. Giraba en sus manos expertas un par que había dado por perdido y que merecía una última oportunidad. No me importa, le dije, que la piel está bien y me encantan, ¿dónde voy a encontrar otros así? En ese momento me di cuenta de que me había convertido en mi madre. Y en mi abuela. Afortunadamente.