Se ve que el coronavirus traía de la mano un nuevo manual de urbanidad en el que pedimos permiso para ser cariñosos
02 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.La pregunta me la hizo una amiga, Joana, a la que hacía una pandemia que no veía, hace unos días. Se ve que el coronavirus traía de la mano un nuevo manual de urbanidad en el que pedimos permiso para ser cariñosos. Se nos ha ido la espontaneidad a freír espárragos y solo nos falta cantar, como Mecano, aquello de «y no sabemos si besarnos en la cara o en los labios». Ni cara ni labios ni contacto físico, entre santa y santo pared de cal y canto.
Está complicado ser amable estos días, responder con cariño solo con la mirada, que a los más expresivos les sale la sonrisa por los ojos, pero no todos tienen esta suerte. Necesitamos un curso acelerado para modular la voz y decir las cosas tal y como las sentimos. El día que nos quitemos las mascarillas descubriremos que se nos han marcado más las arruguillas sobre el labio, que no recordábamos que teníamos aquel colmillo un poco torcido, que han caducado todas las barras de labios... Pero de momento seguiremos sin saber si ese abrazo espontáneo que nos pedía el cuerpo a Joana y a mí está permitido por alguna ley de salud pública, recurrido al Supremo o publicado en el DOG.
Pensando en la nueva urbanidad que se nos viene por delante, ya hace meses me decía una enfermera del Chuac que tal vez sea bueno que hayamos aprendido que las mascarillas pueden ser un signo de respeto cuando tengamos un simple trancazo. Para no ir esparciendo partículas sobre el prójimo, por ejemplo. Igual que hemos aprendido que lavarse las manos no es como el cepillado de dientes. Que necesitamos más de tres lavados al día. Ahora que se nos ha pasado aquella ilusión de que íbamos a salir mejores de esto, tal vez podamos aspirar a salir más educados.