Las primeras olas de Diego Bello

Amigos y familiares recuerdan un año después de su muerte los primeros pasos en el mundo del surf del joven con raíces de Arteixo. En Barrañán nació su pasión


Arteixo

Diego Bello, un arteixán por los cuatro costados. Pese a nacer en A Coruña en 1987, su familia paterna es originaria de Uxes, en la parroquia de Morás, mientras que la de la madre procede de Pastoriza, en cuyo cementerio reposan los restos de este amante del surf, gran emprendedor y un ejemplo como ser humano. Jamás se oyó a nadie hablar mal de Diego Bello Lafuente. Todo lo contrario. Se pregunte a quien se le pregunte, solo se escuchan buenas obras, mejores palabras.

Aunque jugase al fútbol en las categorías juvenil y cadete del Deportivo, era un hombre de mar. Y fue en Barrañán donde comenzó a coger olas. Parecía haber nacido con una tabla pegada a los pies y en esa playa se hizo uno de los más grandes del surf. Hoy, a ese mar siempre embravecido, le falta uno de sus mejores delfines.

Cuentan sus amigos que muy pronto hizo las maletas para recorrer medio mundo. Un ser humano con alas que le llevaron por cuatro continentes. Pero la morriña le hacía regresar a casa casi todos los años, donde pasaba uno o dos meses para de nuevo buscar un nuevo reto, según recuerda David Pérez, uno de los muchos que bailaba las olas junto a él en la playa de Barrañán.

En el club de surf La Duna se emocionan al recordarlo. «Fueron muchas horas junto a él. En el agua y fuera. Sobre las olas y charlando de todo», señalan.

Uno de los más reconocidos surfistas de Galicia, Pablo Montero, manifestó su profundo dolor ante la pérdida de un gran amigo y compañero de mar. Un año antes del asesinato, este deportista estuvo visitando a Diego en Filipinas, en la isla de Siargao, donde el tristemente fallecido ya había logrado montar varios negocios. «Era un surfista muy querido por toda la comunidad. Con don de gentes. Trabajador, deportista, honrado, alegre y positivo. Tenía todos los negocios llenos. Conocía a todo el mundo en el pueblo. La comunidad local le quería. Patrocinaba a varios chavales con las tiendas, se los llevaba a correr el circuito filipino», destaca.

Miguelón lo recuerda como «un chico muy educado. Fuera de lo común. Muy buena gente, incluso con personas que no conocía, cosa que siempre me sorprendía. Siempre tenía una sonrisa para todo el mundo y por eso no me explico cómo pudo acabar así».

De casta le viene al galgo. Sus padres, como sus abuelos, siempre fueron muy queridos en sus respectivas parroquias arteixanas. Hablar de los Bello o de los Lafuente era hablar de «muy buena gente». Diego, aunque nació y vivió en A Coruña -estudió en el colegio Compañía de María- tenía un apego enorme por la tierra de su familia. Por eso, «para él, Barrañán era su playa. Por encima de la del Orzán, donde también practicaba su deporte», cuenta Enrique Balado.

Su origen arteixán, el cariño que en el municipio se le tenía a su familia, movió a las autoridades cuando se produjo el cruel asesinato. Desde el Ayuntamiento se exigió al Gobierno que actuase y que exigiese a las autoridades filipinas una investigación imparcial que llevase al autor o a los autores a la cárcel. Así como que quedase limpio el nombre de Diego después de que la policía del país asiático lo tachara de narcotraficante. «Cuando jamás había tocado las drogas y solo sabía entregarse a la gente, al surf y a los demás», dicen en La Duna. Hoy las olas de Barrañán están huérfanas de uno de sus delfines preferidos. Hoy Arteixo llora en el aniversario de su muerte.

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