Esos clientes, que no vuelvan por mi terraza

Positiva reacción de la hostelería ante el comportamiento injustificable de algunos ciudadanos

Terraza vacia en A Coruña durante la pandemia del coronavirus.
Terraza vacia en A Coruña durante la pandemia del coronavirus.

A Coruña

Una mirada. Triste, preocupada. Una terraza a reventar en el paseo marítimo a la ocho de la tarde del pasado lunes, y una mirada dramática, la de una pareja mayor que observa la escena desde un banco próximo.

Esta pandemia deja dos tipos de víctimas. Las sanitarias, con miles de muertos y decenas de miles de familiares y amigos destrozados, y las económicas, con esos ciudadanos sin empleo que no tendrían un mendrugo de pan que llevarse a la boca de no ser por la impagable labor de las agrupaciones humanitarias e instituciones que se han ocupado de darles de comer.

Los que han tenido la desgracia de perder a un ser querido en esta vorágine vírica y los que comparten cola a diario con la angustia de llevarle algo para comer a sus hijos entienden muy bien esa mirada, que no es sino asombro y pánico ante la irresponsabilidad. El miedo a que muera más gente, al repunte de la letalidad. El miedo al desempleo masivo, al hundimiento de la economía. A la miseria.

Todo eso estaba en la mirada de aquella pareja del banco. Exhalaban enfado y desesperación a través de sus mascarillas, mientras asistían a los brindis colectivos, los abrazos e incluso los besos, como si no hubiese pasado nada y el coronavirus fuese prehistoria.

Pero si grosera fue la irresponsabilidad de algunos paseantes y de unos pocos hosteleros que miraron por su negocio más que por el interés de todos, la actitud de muchos profesionales que se desmarcaron sin rodeos de este delirio resultó reconfortante. Unos cerraron sus terrazas hasta tener clara la fórmula para poder reabrirlas con seguridad. Y otros unieron su voz a la de la indignación general. «Hoy he avisado a varias personas de que no las quiero ver por mi local», advertía en redes sociales una conocida hostelera coruñesa, al filo de la desesperación por lo ocurrido el lunes.

El encierro profiláctico no nos ha sentado bien. En cuanto se abrió la puerta de la jaula, algunos salieron como fieras a comerse el mundo sin pararse a reflexionar sobre las consecuencias. En menos de una semana hemos asistido absortos a violentas peleas de jóvenes, lamentables enganchadas de adultos, intentos frustrados de botellón, disparos entre familiares en Orillamar, romerías en algunos parques... y una sensación tan errónea como generalizada de que ya no pasa nada. Pero sí que pasa. Pasa que el coronavirus sigue acompañándonos con su guadaña por ese paseo marítimo colapsado, y apura sus cervezas en cualquiera de esas terrazas sin sitios libres ni mascarillas.

El telón de la tarde cayó también el lunes y se acabó el show. ¿Y la pareja mayor? Pues ahí van, después de dejar su banco, caminando decididos en dirección contraria, hartos probablemente del espectáculo de la estupidez. Su ritmo ha cambiado, aceleran un poco el paso. Su mirada permanece inalterable.

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