En el Gran Café de Gijón, Madrid, Pepe Esteban es Dios. A Carlos Casares le dio en un libro por sentar a Dios en un sillón azul, pero a este Dios ateo y excomunista hay que sentarlo en la felpa roja del último café literario. En el Gijón, Pepe Esteban es el Jesús de Pasolini, que ha descendido él solo de la cruz del lienzo Cristo obrero, de Luis Seoane, para infiltrarse entre los suyos: los sedientos, los desheredados, los bohemios y los poetas locos.

Digo que en el Gijón Pepe Esteban es Dios porque lleva sentado allí desde que nació el mundo, cultivando su tertulia como quien cultiva el huerto de los olivos. Y porque Pepe Esteban, humilde entre los humildes, lo es todo en la literatura española. Editor omnisciente (fundó Turner) y exquisito escritor, frecuenta lo que él llama los arrabales de los libros -los prólogos, las solapas, los breviarios y otras prosas diminutas-. Pero, más que nada, Pepe es o ha sido amigo de todos y cada uno de los grandes de las letras de España y América Latina.

Bebe whisky desde 1956, por prescripción de Ernest Hemingway, que le dijo que si aspiraba a ser escritor no podía beber vino, sino whisky. Y aquí sigue, aferrado a su Cutty Sark, mientras lo recuerda todo y a todos. Hemingway sabía de qué hablaba porque, para él, escribir consistía en sentarse ante la máquina y desangrarse sobre el teclado.

Acaba de publicar sus memorias, Ahora que recuerdo (Reino de Cordelia), donde no miente ni una sola vez. Además de recuerdos, Pepe Esteban colecciona libros, amigos y gallegos (a bote pronto le salen Casares, Cela, Cunqueiro, Celso Emilio, Tudela, Oroza, el doctor Barros y Díaz Pardo). A mí, de este Pepe Esteban cazador al vuelo, lo que más me gusta es su afición a juntar calles. Las va recogiendo en sus viajes y luego las recopila en un álbum y las contempla al atardecer, bajo la luz de oro del scotch.

Una de sus favoritas es Insurgentes, en México D. F. Y, cuando lo cuenta, a mí, que he viajado un millón de veces menos que él, a mí, que solo conozco la Perspectiva Nevski por una canción de Franco Battiato, me gustaría regalarle una calle para que la pegase en su colección de avenidas estiradas como sueños en Cinemascope. Y, como me imagino que ya tiene todos los vericuetos posibles de Buenos Aires o Barcelona, se me ocurre que en su álbum tal vez le falte una callejuela de A Coruña tan hermosa como breve y secreta. Así que hoy entro en el Gran Café de Gijón, como si fuese uno de esos escritores recién bajados del tren dispuestos a escribir la gran novela de su generación, pero en realidad lo único a lo que aspiro es a acercarme a la tertulia de Pepe Esteban y, mientras pedimos algo para hidratarnos, dejo sobre la mesa la calle de la Reja Dorada: apenas dos portales ocultos tras el ábside de la iglesia de Santiago. Y él, que por algo es Dios, lo entiende todo y sonríe con gratitud mientras apura su whisky.

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Una calle coruñesa para Pepe Esteban