Rosetones supremos

El Alto Tribunal reconoce el plagio sufrido por una orfebre de Betanzos tras casi una década de pleitos


Betanzos / La voz

El día que Ana comenzó a recibir llamadas de felicitación se vino abajo. Numerosas amistades la telefoneaban porque habían visto sus productos de orfebrería que se repartían con un periódico. Pero Ana Martínez les insistió que no, que sus piezas de plata que reproducen rosetones de iglesias gallegas no se comercializaban así. «Estaba en Cambre y me hice con un periódico». Y entonces se vino abajo. Descubrió que aquellas piezas que el diario repartía eran las mismas que tanto tiempo le había costado diseñar y que vendía por 80 o 100 euros en plata de Ley. Con el periódico valían 4 euros.

Tampoco imaginó entonces que el camino judicial que estaba a punto de abrir tardaría nueve años en cerrarse. Desde la primera instancia, la justicia dio la razón a Ana Martínez, pero la empresa que hacía la promoción recurrió hasta el final. Y el Tribunal Supremo ha dicho basta. «El plagio es evidente y el daño moral es incluso peor», denuncia Ana. Cuando empezó aquel desagradable episodio se encontraba en Cambre. Poco después, en el 2012, se mudó al casco histórico de Betanzos y allí trabaja actualmente, en un solitario taller al sur de la empinada rúa dos Prateiros. «Aquello me sumió en tal tristeza que estuve a punto de dejarlo, es muy duro que te pases tanto tiempo creando una pieza para que luego te la plagien sacando moldes», recuerda. Para disimular la copia, los autores redujeron el tamaño de las piezas originales, pero ella misma explicó en el juicio que es un proceso muy sencillo de realizar con determinados elementos químicos. La clave para demostrar la copia estaba en las impurezas originales, en las imperfecciones que recogía la obra de Ana. «Si lo hubiera diseñado con un programa de ordenador habría salido milimétricamente perfecto, pero los hago a mano». Y esa imperfección del trabajo manual se reprodujo en las piezas copiadas, y que Ana ya tenía registradas previamente en Diseño Industrial y la Propiedad Intelectual.

«Yo no lo denuncié para sacar dinero», dice la orfebre antes de romper a llorar. «Lo pasé tan mal, la gente me llamaba para felicitarme y me volvía loca, luego hubo incluso quien se enfadó conmigo por venderle piezas a 100 euros cuando la promoción las daba por 4, claro, eso no era plata. E incluso la Xunta, que de vez en cuando me hacía encargos para hacer regalos institucionales, dejó de comprarme», señala.

Una mujer alemana interrumpe la conversación. Es jueves 9 de mayo por la mañana. Se refugia de la lluvia en la tienda, atraída por los anillos de plata. Tiene prisa, es una crucerista que debe regresar a A Coruña. En inglés, elige «this silver ring», mientras escoge el anillo con el rosetón de Santa María del Azogue, de Betanzos. Ana le muestra una fotografía de la fachada de la iglesia y la turista se va encantada exhibiendo su dedo en busca del templo. «Por aquí pasa el camino Inglés, y la compra de los peregrinos también ayuda, pero no cerré de milagro», retoma la conversación con el periodista. «Lo que ya no hago son piezas nuevas. ¿Para qué? ¿Para que me las vuelvan a plagiar?».

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