El acento koruño no se acaba nunca


El acento koruño es indestructible. No hay quien pueda con él. Ni el exilio -que Madariaga prefería llamar por su nombre: destierro-. Ni la emigración. Ni esos impostores que, avergonzados de sus orígenes, fingen una entonación madrileña que solo existe en su mente (en Madrid nadie habla así). Unos pobres acomplejados. Porque por dentro llevan incrustada la voz de sus muertos, que es la misma que aún se oye palpitar en las esquinas de esta ciudad, que no será un Estado -como dijo hace años un alcalde-, pero que tiene una fonética y un idioma propios, cocinados a fuego lento durante siglos en las marmitas de sus arrabales. Nada puede aniquilar nuestro diapasón coruñés. Ni siquiera un ataque nuclear. Si nos cayese encima una de las bombas atómicas de Kim Jong o Donald Trump, lo único que sobreviviría serían el acento koruño -lo de las cucarachas es una leyenda urbana- y la torre de Hércules, que desde los romanos es el búnker último del coruñés errante.

La prueba viviente de que no se ha inventado todavía la kryptonita contra el acento koruño se llama Luis Suárez Miramontes (A Coruña, 1935), el delicioso interior izquierdo del Deportivo, el Barça y el Inter de Milán. Acaba de cumplir 84 años. Se fue del Campo de Marte en 1954. Lleva fuera de A Coruña más de seis décadas y vive lejos de España desde 1961. Pero si uno cierra los ojos mientras lo escucha comentar en la radio los partidos del Barça -siempre con la retranca a flor de piel, aunque se trate de analizar el juego del alienígena Leo Messi-, parece que todavía está oyendo al chaval de la calle Hércules que un día pegó el salto a Barcelona. El dulce ritmo del habla atlántica de Luisito no ha perdido ni un matiz de su melodía made in Monte Alto.

Lo explica mucho mejor que yo, claro, Manuel Vilas. Lo cuenta en América. Un libro brutal. Abrir América es como abrir la taquilla de la estación de Men in Black II y encontrarte dentro a los 320 millones de estadounidenses cantando su himno. Pues en América, mientras se pone a comparar el inglés británico con el inglés norteamericano, agarra Vilas y suelta: «¿Qué es el acento a la hora de hablar una lengua? Lo es todo: es familia, barrio, una ciudad, es pasión. El acento es la vida misma. No puedes comunicarte de manera completa con alguien que aun hablando tu misma lengua no tiene tu mismo acento. Algo pasa allí».

Algo pasa con el acento koruño. Es una demostración de que Masada o Numancia no son los únicos episodios de resistencia heroica de la Historia. Sobre todo porque ya digo que hay quienes viven entre nosotros y reniegan de una entonación que es pura música. Ignoran que es un regalo de los dioses y que, gracias a esa partitura que silba como el mar del Orzán contra los acantilados, podemos presumir de que el gran Luis Suárez sigue siendo uno de los nuestros.

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