En el nombre del padre


Después de la maravillosa columna que publicó el sábado en estas páginas Paco Sánchez, resulta una osadía volver al mismo tema, pero hoy es 19 de marzo y tengo que escribir de él. De mi padre. Además ¿en qué consiste esto del columnismo sino en una osadía perpetua? Porque a ver qué tenemos que decir los matados como yo después de haber pasado por el periodismo Julio Camba o Paco Umbral.

Se murió el 24 de septiembre de 1981. Recuerdo que subimos de clase de gimnasia y vinieron a buscarme al colegio. Llevaba ingresado en el hospital desde hacía dos semanas. No hizo falta decir nada. Lo entendí todo cuando el profesor me dijo que me habían venido a recoger para ir a casa.

Yo solo tenía 10 años entonces, así que conservo apenas un puñado de recuerdos de mi padre. Su amor incondicional. Su mano cálida aferrando la mía. Su coherencia brutal -unas Navidades contemplé pasmado cómo rechazaba una cesta llena de delicias porque el remitente pretendía comprar algún favor con una botella de Chivas de 21 años y un jamón-. Su deportivismo irredento -me llevaba por la avenida de La Habana, entonces sin aceras, a ver el Fabril y el Dépor en la difunta Grada Elevada-. Y su inquebrantable lealtad a los amigos.

De él heredé, además de algún lunar rojo, el amor por A Coruña. Siendo nativo de la bimilenaria ciudad de Lugo -a la que también adoro-, un día me dijo Manuel María que yo era lucense de nación y coruñés de vocación. El poeta lo clavó. Porque los coruñeses, como los de Bilbao, nacemos donde nos sale de las pelotas. Y mi padre me enseñó a querer al Fabril, al Deportivo, a mi calle, Peruleiro, y a cada barrio de esta esquina atlántica. Porque querer al centro es muy fácil, pero querer a todos y cada uno de los barrios, eso solo lo podemos decir unos pocos privilegiados que lo aprendimos de niños paseando los domingos por toda Coruña.

Él vino al mundo en el cruce de Moreno Barcia (hoy Ramón del Cueto) con la calle (hoy avenida) Hércules. Justo en enfrente de la casa de Luis Suárez, otro coruñés de mayo de 1935. Jugaban juntos al fútbol en el Campo de Marte. Con una pelota de trapo que luego Luisito, el niño de la calle Hércules, convirtió en 1960 en el único balón de oro del fútbol español.

Por todo esto creo que una de las formas de seguir queriendo a mi padre 38 años después de haberlo perdido es asistir cada fin de semana -en un ejercicio algo masoquista- a los partidos de nuestro Dépor en Riazor, en la misma Grada Elevada que ahora se llama Preferencia Superior, y amar sobre todas las cosas cada bache, cada charco y cada baldosa rota de esta Coruña suya, de esta Coruña nuestra.

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