El padre


No me gustaban el día del padre y el día de la madre, hasta que me di cuenta de que a ellos sí. Ahora, en general, no me gustan los días de casi nada, esas fechas con dedicatorias abstractas, a veces peregrinas: Día de la Hispanidad o del Medioambiente, no sé, quedan pocas fechas libres. Hay días para todo. Escribo el 15 de marzo, Día Mundial de los Derechos del Consumidor y también Día del Sueño. Como lo leen.

Sin embargo, cuando se aproxima San José, echo más de menos a mi padre. Recuerdo aún hoy el tacto cálido de aquella mano a la que me agarraba de niño. Y el cachete simulado, nunca me pegó, por meterme en la calle justo cuando subía por Orillamar, solitario, un seiscientos lentísimo cuyo conductor se sintió en la obligación de parar, salir del coche y sermonear como un idiota a mi padre por haber permitido que me soltara de su mano. O el día en el que me dijo en la feria de Curtis que me quedaba bien el cuero que llevaba atado a la garganta, pero que quizá los paisanos, que no entienden esas cosas, harían comentarios del tipo: «O fillo de Paco vai coa gorxa atada». Y la mera posibilidad de comprometerle bastó para que me quitara de inmediato aquella cosa absurda. Era muy listo mi padre. Pero oía muy mal y nunca pude mantener con él la conversación larga que necesitábamos. Es imposible conversar a gritos.

Recuerdo, sí, muchas conversaciones pequeñas. Especialmente una de las últimas. Salió a relucir que había perdido seiscientas pesetas en cierta ocasión. Un dineral entonces. Se arrepintió de recordarlo y me dijo: «Pero no te reñí. Nunca os reñía por los errores, sólo cuando notaba… maldad». Me miró algo inquieto. Le di un beso muy grande como respuesta.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
33 votos
Comentarios

El padre