De vez en cuando la vida toma café

El día a día centra los encuentros filosóficos del bar Zúrich, cuyo dueño, argentino, es psicólogo social

CAFETERÍA ZÚRICH. RUBÉN DUEÑO Y PSICÓLOGO SOCIAL ARGENTINO Y ORGANIZA CAFÉS FILOSÓFICOS
CAFETERÍA ZÚRICH. RUBÉN DUEÑO Y PSICÓLOGO SOCIAL ARGENTINO Y ORGANIZA CAFÉS FILOSÓFICOS

«De vez en cuando la vida / toma conmigo café / y está tan bonita que da gusto verla...». Esto viene cantando el abuelo Serrat desde que a comienzos de los años 80 publicó el álbum Cada loco con su tema. Ahora, los sábados la vida se para en el Zúrich, un bar de la calle Manuel Murguía, frente al estadio de Riazor. Allí hablan de ella porque en el café filosófico convocado por el dueño, Rubén Alberto Rodríguez Casal, el objetivo es «conversar sobre las cosas de la vida». Llegó a la ciudad hace 18 años: «¡Argentino, por supuesto! ¿Se me nota?», bromea con su inconfundible acento.

En la cristalera del bar un cartel anuncia que los sábados hay café filosófico. «Siempre quise aplicar mis conocimientos de psicología social, coordinación de grupos y todo eso. Acá lo hice con alguna oenegé, tuve un proyecto con emigrantes, e hice un programa de radio», explica Rubén para luego evocar cómo durante seis años estudió «en la primera escuela de psicología social de Buenos Aires que fundó Enrique Pichon-Rivière, que ideó un sistema que es el grupo centrado en la tarea; en este caso la tarea es hablar de filosofía de la vida, pero no es necesario nombrar ni a Platón, ni a Aristóteles ni a nadie, sino que cada persona habla de su vida, de su experiencia».

Rubén rechaza las citas de los filósofos porque «es repetir lo que se escuchó o lo que se leyó, son máximas que no se pueden debatir. El café filosófico es un debate, y si hay una máxima de un filósofo puedo decir si estoy de acuerdo o no, y punto... Repetir lo que dijo un filósofo, que no le quito valor, no es la idea del café filosófico, que busca bajar a la calle...». Por ello, «trato de que la gente se desdoble por la experiencia de vida, que es lo más enriquecedor que uno tiene». Considera que este tipo de encuentros «desmitifica un poco la filosofía, que no es un señor que está encima de un taburete...».

Este café filosófico comenzó el año pasado y «la primera experiencia no fue muy grata, porque vino una persona sola [risas]; pero a poquito, con paciencia y con un poquito de suerte....».

Mientras prepara un café para un cliente que acaba de entrar, Rubén comenta al papel de los participantes: «Uno escucha, o no escucha, pero aprende cosas que no ha vivido, experiencias que no ha tenido... Digamos que es una minidemocracia. En vez de venir y hablar con el camarero, se dialoga, se comunica...». Además, «en mi función de camarero no hablo mucho de filosofía, ni de religión, ni de política, ni de fútbol... Por experiencia sé que no es muy redituable». Comparte la atención del bar con uno de sus dos hijos, el otro aprobó unas oposiciones. 

Sin móviles ni alcohol

Rubén modera el encuentro y «no hay ninguna censura previa», pero sí impone la condición de «respetar a todos». Además, «sugiero que no tengamos móviles en la mesa y que no se consuman bebidas alcohólicas porque, y estoy tirando piedras contra mi propio tejado, el alcohol desinhibe y se dicen cosas que a lo mejor pueden afectar a la gente. Se trata de saber opinar sin herir a nadie, sin atacar. El sentido común... que a veces lo perdemos».

El anfitrión, que lleva dos años y medio con el bar Zúrich, también es el que sugiere el tema de cada encuentro, «actúo como factor disparador», explica. El último fue la verdad, «nada menos y nada más. Además quise aplicarlo también a los medios de comunicación. ¿Es beneficioso si se escucha la verdad o se lee la verdad, o no? ¿En todos los términos se puede decir la verdad? A veces se puede hacer un desastre con la verdad, a gente querida o no querida.... Por ejemplo: ‘¡Cuánto tiempo sin verte! ¡Qué gordo estás!’ [risas] Ese tipo de cosas que a lo mejor es verdad pero ni es bueno ni beneficioso para quien lo escucha. Es un tema que se trabajó muy bien».

Después de hora y media o dos horas concluye el café filosófico y «yo cierro con un cuento o con unas frases, y se llega a un término o a una definición de lo que hablamos, ¡o no!, y cada uno se lleva su sensación».

Entre los participantes «hay gente de todo tipo... Hace poco vino a comer una pareja que son vecinos y les interesó muchísimo». Volverán para seguir hablando de las «cosas de la vida», afirma.

Una idea nacida en París a la que en la biblioteca de Los Rosales llaman El Pensatorio

«Esto no es nuevo, nació en el año 1992 en París y empezó a hacerse bastante popular: se reunían en las cafeterías y hablaban de filosofía, pero de filosofía de la vida, de las experiencias de cada uno», explica Rubén Rodríguez. Durante esa década se extendió por Latinoamérica. Ahora funciona en las grandes ciudades españolas y, así, en Chueca tiene lugar el Café Filosófico de Madrid que va a cumplir diez años y que este mes estará dedicado al paso del tiempo. En su caso sí acuden a citas filosóficas para darlo a conocer, en concreto a Ortega y Gasset: «Pensar es otra cosa, es terror, entusiasmo, desazón, curiosidad, profunda delicia, exaltación; es lo que se produce en nuestra vida en sus momentos culminantes, cuando el vivir se estira, se acrece y siendo vivir es más que vivir».

«Acá también hay uno en la biblioteca de Los Rosales», indica Rubén. Es una de las iniciativas de dicho centro municipal, donde lo han rebautizado como café filosófico El Pensatorio, y para participar «no es necesario tener conocimientos previos de filosofía, tan solo espíritu crítico y ganas de cuestionarse las cosas». 

Fútbol y filosofía

Hasta hace unas semanas, mientras en un extremo del bar Zúrich tenía lugar el café filosófico, en el otro un grupo de jóvenes se preparaba para ir a jugar un partido de fútbol: «Se pisaban los horarios. El que maneja lo del equipo de fútbol Zúrich es mi hijo; juegan la liga de peñas los sábados por la tarde; ahora se adelantó el café filosófico para las 16.15 horas». De todos modos, en esos prolegómenos futbolísticos también se podían escuchar comentarios casi filosóficos: «Estaría bien ganar hoy». «¡Ganar está bien siempre!».

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