«Me dieron quince días de vida»

El presidente de la Asociación Gallega de Trasplantados Airiños cuenta su experiencia para remover conciencias


A Coruña / la voz

Desde hace 14 años Abelardo Sánchez Sanjurjo (Ferrol, 1954) cree ciegamente en las segundas oportunidades. Más que creer, confirma que existen. Ese es el tiempo que le ganó a una muerte segura por obra y gracia de esa generosidad invalorable capaz de imponerse a la pena. La desgracia de unos le regaló a él un repuesto para su hígado, que, de golpe y prácticamente sin previo aviso, lo metió a bocajarro en la cuenta atrás. «Me daban quince días de vida y aquí estoy, gracias a una mujer, y a su familia, que en el final de la vida decidieron donar», cuenta ahora. Celebró su segunda vuelta el pasado 14 de mayo. «Mírame, aquí estoy hablando contigo, tan contento», sonríe Abelardo.

En su caso, supo que estaba enfermo a los 42 años y de una forma casual. Decidió acudir a donar sangre -poco podía saber entonces cuánto dependería él de este gesto- y le descubrieron que tenía hepatitis B. «Entonces me dijeron que podría morir de cualquier otra cosa a los 104 años». Pero la previsión se redujo a menos de la mitad. A los 49, «se me activó el virus y en quince días me destrozó el hígado; por desgracia, la hepatitis B es fulminante», cuenta. Tanto que «yo ya me estaba despidiendo de este mundo porque me veía morir».

Pero apareció su particular ángel, que también lo fue para otros. «Solo sé que una mujer gallega me dio el hígado y al mismo tiempo que me operaban a mí, en el quirófano de al lado estaban trasplantando también su pulmón». Ahora, «siempre siento que llevo a esa persona conmigo, me acompaña desde hace 14 años».

Él fue operado en el Chuac, un hospital «de referencia», dice, y para el que no tiene más que buenas palabras. «Estamos en muy buenas manos. A veces nos quejamos de pequeñas cosas de nuestra sanidad pública, y tenemos una de las mejores del mundo. Si esto me pasa en Estados Unidos -reflexiona en voz alta-, estaría criando malvas desde hace mucho tiempo».

El deseo de corresponder

A partir de la operación, todo fue «fantástico» para este empleado de Astano, en Ferrol, que a golpe de urgencia tuvo que replantearse su existencia. «Ahora, después de tanto tiempo, mi vida es normal, con los controles y la medicación para el rechazo, siempre hay esa posibilidad, porque los inmunosupresores engañan al cuerpo», explica Abelardo lleno de optimismo: «¿Mi perspectiva y expectativa de vida? Espero vivir otros 14 años, y otros 14 más».

Para quien ha visto la muerte de frente, las cosas, sin embargo, no podían seguir igual. «Ahora estoy haciendo un poco por devolver algo de todo lo que se me dio, que en definitiva fue la vida». Por eso Abelardo preside la Asociación Gallega de Trasplantados Airiños y se involucra en toda cuanta actividad organizan, charlas en los colegios o campañas como la del Día del Donante, para él un día muy especial.

«Siempre siento que llevo a mi donante conmigo. Me acompaña desde hace 14 años»

«Lo que se trata es de concienciar con más énfasis, aunque lo hacemos todo el año, sobre la donación», cuenta antes de recordar que España es líder mundial desde hace 28 años en donación y trasplantes, «pero no podemos decaer porque queda mucho por hacer, todavía hay gente que no llega al trasplante».

Sabe por donde se anda cuando hablar del «problema de las negativas familiares a donar» los órganos de sus seres queridos cuando ya no están aquí. «Nos están llevando a desperdiciar muchos órganos y nos impiden salvar muchas vidas», lamenta. Galicia, con un 30 % de esos rechazos, dobla la tasa de negativas del conjunto de España. Y Abelardo echa cuentas: «Si se tiene en cuenta que solo el 3 % de los fallecidos pueden ser donantes y resulta que de ese 3% la tercera parte se deniegan... Un solo donante puede salvar siete vidas, estás dejando de salvar a mucha gente, cuando el que muere ya no tiene solución».

Su empeño personal por atrapar conciencias y que la donación «sea algo natural en el proceso de morir» le lleva a extenderse con argumentos que, a sus ojos, son irrefutables: «Llevárselo para otro mundo no tiene ningún sentido. Recuerdo que cuando estaba hospitalizado leí aquello de no te lleves los órganos al cielo, porque en la tierra se necesitan. Pues eso. Si es por una cuestión religiosa, no tiene tampoco ningún sentido no donar».

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