Pepe y el gimnasio de las rocas


Haciendo memoria de los primeros gimnasios que hubo en esta ciudad parece -por lo que me chivan los de alrededor- que el de Romay, el Judo Club Coruña, fue uno de los pioneros de este nuevo estilo saludable que se ha ido imponiendo en las últimas décadas. Yo recuerdo el de la calle Hércules; el Centurión, en Juan Flórez, al lado de la Torre de los Maestros, a los que iban sobre todo los chicos a mediados de los noventa. El Center, en Alfredo Vicenti, que tenía incluso una piscina y se jugaba al squash (eran los tiempos en los que hasta Woody Allen se atrevía a hacerlo con Sydney Pollack); y había otro mucho más vintage en la calle Pío XII, cerca del mercado de San Agustín, que resistió bajo los soportales durante muchos años.

Entonces empezar a hacer deporte a diario, sobre todo entre las mujeres, era una rareza, hasta que nos empezamos a contagiar de aquellas primeras tablas de Jane Fonda o Eva Nasarre. «Y uno, y dos, y tres...». Los gimnasios aún no se habían transformado en gyms y sugerían un estilo más próximo a una formación militar de agarrarse a las espalderas que al disfrute contagioso de hoy. Solo hay que ver a las famosísimas chicas de Viveiro que, ataviadas con sus pañoletas, se han convertido en un todo un fenómeno viral haciendo el jumping-muiñeira al ritmo de «sementar, sementarei» el Día das Letras Galegas.

Ahora no hay centro cívico o polideportiva de cualquier barrio que no tenga unas instalaciones decentes para dar zumba, bodycombat, aquagym, bodypump, sportbike, crossfit, boxing, aeróbic, gap (glúteos, abdominales y piernas), core (abdominales), redcord (entrenamiento en suspensión), taichí, pilates y cientos de especialidades más que nos modelan el tiempo de ocio. Pero todos estos gimnasios no tienen nada que envidiar al que va Pepe. ¿Que quiere estirar? Pepe se sube a las rocas de Matadero y allí hace su tabla diaria, arriba y abajo, abajo y arriba. ¿Un poco de natación? Se lanza a dar unas cuantas brazadas en el mar. ¿Solarium? Al paredón otro poquito a secarse y a seguir con los movimientos de cintura... En el otro extremo está Luis, a la altura de la rotonda de las Esclavas, apurando los ejercicios que hace todos los días. Ahora que aprieta el calor, sin camiseta, se pone a trabajar las sentadillas. Pimpán, pimpán. ¿Para que están estas farolas? Para apoyar el pie y doblar todo el cuerpo sobre las rodillas. ¿Y este banco? Para sujetar los brazos y empezar la serie de flexiones que tiene marcadas. En las escaleras de Riazor se apura en un ejercicio continuo de sube y baja, y su elíptica es tan rápida como dar vueltas una y otra vez.

Entre Pepe y Luis, Coruña se ha extremado en un gimnasio al aire libre abarrotado de gente haciendo la puesta a punto para el verano. Con lo que cuesta... ¿Te apuntas?

Por SANDRA FAGINAS Coruñesas

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