Celestino González, doctor en fugas

Dos presos de la cárcel de Burgos piden declarar en Santiago por un crimen del que dicen que tienen información. No es más que un ardid, parte de un plan de huida


Redacción / la Voz

«Aunque él preferiría quedarse en licenciado, es doctor en artimañas presidiales». Celestino Bernardo González Rodríguez era «desertor sin haber jurado la bandera, había codiciado y afanado lo ajeno, pero de Abeleda, aldea orensana, salió criminal basto, con el instinto silvestre. El gran lapidario, el mundo de rejas adentro, se encargó de pulirle». Son pinceladas del perfil que La Voz le dedicó con motivo de una de sus hazañas. En su mente solo había un plan de fuga. Como en la del Virgil Hilts de La gran evasión. Pero Celestino no tenía la facha de Steve McQueen. En 1879, nada más esfumarse del penal de Guadarrama, el Boletín Oficial de la Provincia de Madrid publicó una descripción: «Estatura regular, algo grueso de cuerpo, color moreno, pelo castaño claro».

No era aún el ínclito Celestino Bernardo González que en diciembre de 1902 cumplía condena en Burgos y que acudió a Santiago, junto a un tal Antonio Iturriaga, a declarar como testigo de un crimen. Era una treta. No tardó en saberse lo que habían orquestado González y su compinche. Cuando «los dos pájaros» llegaron a la cárcel compostelana fueron registrados. Se les encontró «un cepillo perfectamente encolado el mango, que tenía en una concavidad varios útiles. Las limas, sierras y cuchillas [...] pasaron a poder del celoso alcaide», que no descubrió otra sierra en un zapato de Celestino.

Una noche, tras la revista de las doce, se pusieron manos a la obra. Arrancaron barras de hierro, serraron y quemaron puertas... Pero llegaron a un calabozo con una reja demasiado fuerte. Buscaron por otro lado. Encontraron una puerta tapiada y «echaron abajo piedras y tierras [...]. El desencanto que entonces debieron de sufrir ha tenido que ser grande. ¡Se encontraban con otra pared enorme!». Al alba, fueron reducidos por los guardias. 

Intentos previos

Celestino era un genio planeando fugas, aunque no tanto a la hora de conservar la libertad. Seis meses después de la huida de Guadarrama cayó en Castro Caldelas. En octubre de 1888, el director de la cárcel de Negreira «notó la falta de tres penados procedentes del presidio de Santoña, los cuales se habían fugado haciendo un boquete en una pared [...]. A los pocos momentos logró capturarlos la Guardia Civil». Uno de ellos era Celestino.

En enero de 1895, en Trives, se frustró «la sexta evasión del fugado del correccional de Santoña Celestino Bernardo González, sorprendido limando la barra de hierro que tenía en los pies y preparada ya la huida». Del penal cántabro había salido «arrojándose a la alcantarilla, con grave riesgo de su vida, por la acumulación de materias fecales que corrían hasta el mar, por donde se salvó a nado».

De Trives fue llevado a Ourense a declarar por un robo. «Navaja en mano salió de la sala de audiencia [...], pasó a nado el Barbaña y al ver que lo perseguían de cerca se internó en una finca». Se las prometía muy felices Celestino, pero en aquella ocasión Dios castigó con piedra. Un labrador le arrojó una, «con la que le dio en la cabeza [...]. Aturdido por el golpe, logró capturarle uno de los alguaciles del juzgado». 

La gran evasión en el Parrote

Tras el intento de 1903 en Santiago, Celestino y su compañero acabaron en A Coruña. La Voz decía que eran «dos sujetos de cuidado a quienes hay que vigilar de cerca» y desvelaba su depurada técnica de evasión: «Cuando ocurre un crimen [...] en cualquier población de donde podrían fugarse, piden que se les traslade a ella diciendo que tienen que hacer importantes revelaciones [...]. Del mismo modo se atreven con la descripción del crimen del paseo de la Herradura, con la del robo de la joyería de Angueira y hasta con la muerte del Meco. No sabemos si dará juego el novelón».

El novelón no, pero ellos sí. No tardaron ni un mes en protagonizar, junto con otros seis compañeros de la cárcel coruñesa del Parrote, una de las fugas más espectaculares de la historia de Galicia. Celestino fue el cerebro... y el primero al que le echaron el guante, en Arzúa.

No se resignó. Volvió a intentarlo al año siguiente. Sin éxito. Murió un compañero de fuga.

El 5 de diciembre de 1910, Celestino decía haber sido «licenciado de la cárcel de Santiago el primero de noviembre, y que había estado en presidio cerca de treinta y seis años, habiéndose fugado varias veces». Se lo explicaba a los guardias civiles que acababan de detenerlo por «un atentado a la casa rectoral del [...] pueblo de Abeleda, el día 22». Nunca más se supo de él.

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