La fábrica de tabacos, a plena producción

En junio de 1912, de las 2.549 cigarreras, la más veterana tenía 86 años y llevaba 75 haciendo pitillos con hojas que, en su mayor parte, procedían de «Yanquilandia», según decía el director en un recorrido por las instalaciones


A Coruña / La Voz

«Salimos del Oriental y dije a Fernando Cortés:

-¿Vamos a visitar a las cigarreras?

-¡Cerca de tres mil mujeres! Es usted un valiente.

-Y usted, valiente y... Cortés. ¿Andando?».

Así arranca el reportaje que publicaba este diario el 27 de junio de 1912, que daba cuenta de una visita que «dos chicos de la prensa» hacían a la fábrica de tabacos. El lenguaje, visto siglo y pico después, es políticamente incorrecto desde las primeras líneas de un relato que incluye piropos, elogios, onomatopeyas, bromas, exaltaciones del orden, del trabajo y de la laboriosidad. También aporta numerosos datos sobre el funcionamiento de la fábrica, que estaba en plena producción, y la comparación con las otras 11 que había entonces en España.

Las instalaciones acababan de ser reformadas, pero durante el recorrido, el director explica a los periodistas que van a continuar las obras: «Están montándose cuatro ascensores o monta-cargas, nuevos, para subir el tabaco, el papel, etcétera, a los talleres, y bajar la labor ejecutada. Se mueven por motor eléctrico». Esto explicaba quien era presentado de este modo: «El Sr. Fuertes es un hombre ilustrado y amable que se hace cargo de lo que es un reportaje».

La narración del recorrido permite conocer al detalle la producción, las dificultades del momento, como era la subida del tabaco, que había provocado una bajada de la demanda, o las sensaciones que causaban a los visitantes algunas dependencias: «Llegamos a un departamento de tabaco picado; una montaña tremenda que despide un olor acre de lo más intenso».

-¡Achís!

-¡Achís!

«Así un rato. Cuando nos repusimos, instintivamente liamos un pitillo hundiendo antes los brazos hasta el codo en aquel alabar a Dios». El cigarro llevó a los chicos de la prensa a preguntar por las zonas de procedencia del tabaco: Varias. La hoja viene embarcada en grandes barricas. Mucha procede del estado de Kentucky, en Yanquilandia».

-Lagarto.

-También se recibe del Paraguay, del Brasil, Río Grande y Santo Domingo, singularmente; de Filipinas, de Cuba... [respondía el anfitrión].

Durante el recorrido aparecía otro de los problemas: «Por todas partes hay cajones amontonados».

-¿Vacíos?

-Llenos. Cierta clase de labor hecha que no tiene salida de momento. El alza en el precio del tabaco nos ha fastidiado. (...)

«Más de 600 cigarreras debían estar admitidas si las ventas no hubiesen menguado», recogían los reporteros. Es uno de los muchos datos que aparecen sobre la que entonces era «la más positiva fuente de riqueza local», decía uno de los titulares de la información. Y en la misma línea estaba el dato de que desde noviembre de 1910 hasta junio de 1912 entraron a trabajar 234 cigarreras: «Ya saben ustedes que se admitió preferentemente a las nietas y a las hijas de operarias. Pero caben muchísimas más...»

-¡Pues que las traigan, hombre! Y cuidado que las hay guapas.

-¡Como que no se siente tanto que nos envenenen! -agrega Cortés-.

En esos momentos, de las 11 fábricas de tabacos que había en España, la coruñesa era la cuarta en número de empleos: «La primera es Alicante, con 2.952 obreros. Siguen Madrid, con 2.787; Sevilla, con 2.775, y La Coruña, con 2.549». Y la siguiente era Valencia, con 1.782.

Algunos números desataban la euforia de los visitantes, como era el de la distribución por toda España de los cigarros producidos en la fábrica coruñesa: «Aunque el consumo y el mercado varían todos los meses, sin embargo, de aquí se abastece con periodicidad a toda Galicia, a Asturias, a Castilla...».

-¡Bien por La Palloza!

-Al mes salen de la fábrica de 150 a 160.000 kilos de tabaco elaborado.

-Que ya valdrá, ¿eh?

-Calculen ustedes. Por de pronto, produce a las cigarreras de 280 a 300.000 pesetas también al mes.

-¿Solo en jornales?

-En jornales de obreras, porque además tenemos ciento y pico de obreros que cobran por separado.

Esto explicaba el director. Sobre el salario de las trabajadoras detallaba que iban desde las dos pesetas de las «aprendizas», hasta las seis que percibían las empleadas que elaboraban los cigarros superiores en un taller especializado: «Aquí está el doctorado, como si dijéramos. ¡Hay una de recomendaciones para entrar en él! ¡Hay cada pelea! Y todo a mano».

-¿La lucha?

-La labor. Cada cigarrera lía de cuatro a cinco millares y cobra 1,20 por cada millar.

La parte más emotiva de la visita es cuando los reporteros «quisimos conocer a la obrera más anciana. Es una viejecita menuda, muy limpia y muy simpática que ascendió hace años a la categoría de maestra y que se llama Manuela Espino Rodríguez. Cuenta ochenta y seis años -es de suponer que ya no tendrá la coquetería de rebajárselos- y se conserva admirablemente».

La mujer relataba cómo llevaba 75 años y cinco meses en la fábrica, dato recibido por el periodista con su peculiar estilo: «¡Horror! Pero usted casi es contemporánea de La Palloza, señora!».

Luego la mujer contaba que se había casado a los 16 años con el capitán de la Marina Mercante de Camariñas Ángel Senande: «El matrimonio tuvo cuatro hijos, que crio la pobre madre con mil trabajos, ya que el infeliz capitán se volvió loco, joven aún».

Y junto a la decana, la cigarrera más joven: «Honorina Delgado, tiene dieciséis años y es una monada de chiquilla. Morena, un poco pálida y un poco ojerosa; su aire melancólico se acomoda con el traje de luto que viste. Lleva dos meses como maquinista en el taller de cigarros comunes y se da excelente mano para la labor. Entró en la fábrica al morir su abuela, según lo establecido».

La llegada de máquinas capaces de producir 30.000 pitillos por hora o el taller más numeroso, con mil empleadas, son otros temas recogidos en la información antes de concluir con una exultante loa a las trabajadoras: «En La Voz sentimos una fuerte simpatía por las cigarreras de la Palloza, símbolo de abnegación, encarnación popular de tribunas y heroínas, principal sostén de una clase social que es nervio de la vida coruñesa». Así era una visita a la fábrica de tabacos en 1912.

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