Aquí crecen las lechugas y los negocios

La agricultura «bio» transforma el pueblo francés de Saint-Pierre-de-Frugie

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París

En la región de Nueva Aquitania, Saint-Pierre-de-Frugie era hace ocho años otro pueblo francés más haciendo frente a la desertificación rural. El éxodo de sus habitantes dio lugar al cierre del único restaurante, a lo que le siguió el de la única escuela. El pueblo, vacío, moría. Fue entonces cuando Gilbert Chabaud llegó a la alcaldía, animado por sus amigos, que inscribieron su nombre en la lista electoral. La casualidad quiso que, mientras la hija de Chabaud le hablaba sobre las maravillas de la agricultura orgánica, varios agricultores de la zona estaban pasando de la producción convencional a la biológica. Al igual que una mística alineación planetaria, la convergencia de los dos sucesos dio lugar a un milagro: la salvación del pueblo. «Desde el principio pasamos a cero pesticidas y cero herbicidas», explica Chabaud, de 73 años, nacido y criado en Saint-Pierre-de-Frugie. «Los habitantes no fueron reticentes a la transición al bio pero había una falta de explicaciones», añade, señalando que, cuando las casas de piedra y las calles asfaltadas se llenaron de hiedra y hierba, los locales pensaron que el pueblo ya estaba al completo abandono (un habitante recuerda incluso haber visto lechugas crecer en las aceras). La reconquista de la naturaleza provocó un efecto bola de nieve inesperado. «La gestión ecológica hizo que se volvieran a utilizar los caminos de senderismo», por los que también discurre el Camino de Santiago, «la gente que hacía senderismo nos decía «se está bien aquí, pero no podemos comer», así que reabrimos el restaurante y creamos un albergue para que pudieran dormir», indica el expropietario de un concesionario.

Un tercer comercio vio la luz poco después: un pequeño supermercado de comida orgánica en el que los agricultores de la región venden sus productos. La tienda atrae a clientes de toda la comunidad y algunos recorren hasta 30 kilómetros para hacer sus compras. En pleno invierno, las cestas de frutas y verduras están a rebosar de variedades rústicas que recuerdan a las de los huertos de los abuelos. «Es un reencuentro con el buen sabor de las legumbres, no tiene nada que ver», afirma Dominique, de un pueblo cercano, que ha dejado de lado los supermercados para venir a hacer sus compras a Saint-Pierre-de-Frugie. «Me gusta dar trabajo a los agricultores de la zona», añade. Una decisión que beneficia a los pequeños productores, que gracias al consumo local reducen costes. El éxito de Saint-Pierre-de-Frugie se mide hoy en e-mails, llamadas y cartas al ayuntamiento solicitando casas, terrenos y trabajos. En el pueblo no queda ni una esquina sin vender y en los últimos años ha recuperado 40 habitantes hasta llegar a los 400. En la lista de espera se encuentran directores de escuela, cineastas parisinos y padres que buscan un ambiente verde para educar a sus hijos; algo que hoy es posible gracias a la apertura de una escuela privada cuyo terreno de juego se extiende sobre una colina y que los niños comparten con varias gallinas. Chabaud guarda con mimo en su despacho una carpeta en la que colecciona recortes de periódicos y revistas que se han hecho eco del milagro. «El de Charlie Hebdo es genial», dice con una sonrisa, antes de leer el pequeño artículo titulado: «El culo del mundo tiene su bistró».

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