La vida oculta tras el rompeolas

La nueva iluminación amplía las horas de pesca, escalada o paseo más allá del atardecer y abarrota el dique de abrigo


a CORUÑA / LA VOZ

El dique de abrigo está viviendo «una explosión biológica» como la que describió un día con mucho teatro un observador de las rocas del espigón en primavera, solo que en vez de algas, dientes de león y crías de cormorán, en esta época proliferan los humanos. Se trata de un efecto de la luz, no de su ausencia. Las balizas luminosas empotradas en el muro en la última intervención que se hizo en febrero del 2015, según un proyecto del arquitecto José Manuel López Mihura, permitieron prolongar el horario de pesca, paseo o escalada hasta bien entrada la noche, y el dique fue recibiendo nuevos visitantes atraídos por la luz. Como los calamares.

Daniel Rodríguez Franco mira el mar abrigado hasta las orejas con su nueva caña de pescar y su cebo luminoso. «Allí me meto en el río [Sil] con mi vadeador y mi chaleco, pero aquí -cabecea enfilando las olas- ¿quién se mete? Ni aquí arriba estamos seguros». Daniel es «de montaña», de Valdeorras, estudia un ciclo superior de Mecanizado en el instituto de Someso y en los dos meses que lleva en la ciudad pescó algunas caballas hermosas [explica una receta con cebolla, patata, jamón y una salsa de tomate y sidra, 20 minutos a 200? y lista] y vio más sargos nadando entre mújeles que algún coruñés en toda una vida. Disfruta pescando. Enseña una foto de una trucha de 2,4 kilos y 59 centímetros -«La pesqué en el Sil con un anzuelo del 16 sin muerte hecho por mí», explica- y recuenta todas las crías que ha devuelto al mar coruñés. No entiende a los pescadores del dique, muchos, dice, que lanzan al cesto peces que no dan la talla. Y tampoco a los que reservan sitio en la explanada de la torre de Salvamento Marítimo con sillitas plegables. Y ay de quien se las mueva.

A pocos metros de su postura, en la marca de los 550, Miguel y Mateo Mediero Veira se intercambian los pies de gato -unas zapatillas blandas que usan los escaladores- y van haciendo travesías horizontales colgados del muro del rompeolas, como arañas, suspendidos a medio metro del suelo con las manos empolvadas de magnesio, las puntas de los dedos de pies y manos prendidas en grietas minúsculas. Llevan pocos meses practicando boulder, o bloque, pero saben mucho y lo cuentan. No es casualidad que estén en la marca 550. Aquí comienza una travesía de cinco bloques -tramos que alguien escaló o piensa que se pueden escalar- que los hermanos Mediero intentan.

Es hora de comer y llueve. María Álvarez no se inmuta. Viene a pasear con su perra, Tera, «llueva, nieve o ventee». Dice que lugares como el dique son necesarios en la ciudad, «por la tranquilidad». También es habladora y se para. No como Manolo y Pepe, jubilados, que se toman muy en serio lo de caminar y se despiden para no perder el ritmo.

Esculturas en las rocas y números gigantes en el suelo

El dique de 1963 envejece mejor que sus avíos. Las piezas de madera «tecnológica» con que se pavimentó el área de los bancos resisten la humedad, pero no el paso tozudo de los peatones. Muchas se han destrozado y se ven rotas. Otras no, aparentan solidez, ceden a las pisadas y entonces uno cae. La plataforma del paseo está pautada con números gigantes pintados en el suelo: 550, 750, 950... que señalan la longitud en metros desde el arranque del espigón. En las rocas, el ritmo lo marcan los artilugios que levantan los pescadores con maderas que devuelve el mar para apoyar las cañas y descansar. Algunos paseantes piensan que en una galería de arte llenarían el espacio con dignidad.

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