El embarcadero de As Xubias

Personas, animales y mercancías lo usaban para cruzar la ría de O Burgo


Todo cambió con la apertura, en mayo de 1901, del puente de hierro de A Pasaxe y de la carretera que desde Os Castros iba, por dicho puente, hasta Sada. Antes de esa fecha la única comunicación por tierra que permitía atravesar la ría estaba en el puente de O Burgo. Los que querían ahorrar tiempo y no dar esa vuelta no tenían más remedio que recurrir a una barca si querían pasar de una orilla a otra. Y uno de los mejores lugares para hacerlo, dada su proximidad a la ciudad de A Coruña y el estrechamiento de la ría, era el embarcadero que existía en As Xubias. El nuevo puente y la nueva carretera hicieron que dicho embarcadero perdiera la importancia que tuvo durante siglos.

En 1491 los regidores coruñeses Pedro Montoto y Juan Morelos, junto con el corregidor Diego Sarmiento y el procurador Alfonso González Candame fueron a visitar la zona que entonces se denominaba A Pasaxe da Foz. Era el estrecho paso que se formaba en la entrada de la ría de O Burgo por la existencia de una gran barra de arena que hoy llamamos playa de Santa Cristina. Este paso se utilizaba desde tiempo inmemorial para cruzar en barca de un lado a otro por los vecinos y por muchos que iban o venían a la ciudad de A Coruña procedentes de As Mariñas para tratar algún asunto o para comprar o vender. Observaron que a pesar de su utilidad no había en dicho pasaje una barca permanente, lo que causaba muchos perjuicios.

Tras dicha visita, el 31 de octubre de ese año el concejo coruñés acordó crear un servicio continuo de barca en A Pasaxe de As Xubias arrendándolo al mejor postor. Como la jurisdicción del rey abarcaba hasta donde llegaba el agua salada y la ría formaba parte del alfoz de la ciudad, el concejo lo reguló con unas ordenanzas que se conservan en el Archivo Municipal coruñés. La barca debía prestar servicio desde el amanecer hasta el anochecer durante todo el año y el barquero debía tener allí una casa para cumplir mejor su tarea.

Las tarifas se fijaron en una blanca, moneda de vellón de poco valor (de ahí que la frase «estar sin blanca» signifique no tener dinero) equivalente a medio maravedí, por persona; precio que cubría la ida y la vuelta si se hacía en el mismo día. Si llevaba caballo, mulo u otra bestia debía pagar por ellos otra blanca y en caso de que fuesen con carga una blanca más.

Los coruñeses que utilizasen la barca para ir a trabajar sus viñas al otro lado de la ría solo debían pagar media blanca, dada la importancia que tenía el abastecimiento de vino a la ciudad, y los regidores y sus criados estaban exentos.

Con el fin de garantizar su rentabilidad económica nadie más podía transportar personas y mercancías desde la punta de A Foz, en la entrada de la ría, hasta el puente de O Burgo, excepto los barqueros que iban o venían a Coruña desde O Burgo o desde los puertos de A Barcala y Sigrás en el río Mero. Realizada la subasta, el primero que consiguió el servicio fue González Rodríguez, sastre, vecino de la ciudad, a quién se le arrendó por cinco años en 2.800 maravedíes anuales.

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