Una calle de vinilo

La rúa Ciega toca la banda sonora de A Coruña en Portobello y el Jazz Filloa


Lo decía el dramaturgo Paco Taxes, que sabía largo y tendido de escenas y personajes, incluso de los que deambulan entre las sombras chinescas del Orzán.

-O Orzán empeza no Patacón, remata no Borrazás e polo medio hai moito que falar.

Y en ese entreacto entre O Patacón y el Borrazás está la rúa Ciega, la calle donde A Coruña puede escuchar su propia banda sonora resbalando por la cuesta.

No sé cuándo se fundó Carnaby Street -Leopoldo María Panero le dedicó un poemario a este asunto-, pero la rúa Ciega se fundó, diga lo que diga el Archivo Histórico Municipal, en 1980. Porque en 1980 nacieron Discos Portobello y el Jazz Filloa en esta vía empinada, incógnita, casi de desván de la abuelita.

Portobello era, con Bambuco, una de las dos o tres tiendas de discos donde se compraban vinilos en los primeros ochenta. A Portobello ibas con o sin dinero en el bolsillo, porque lo mismo te podías tirar allí la tarde escuchando música. El dueño, Jaime Manso, que sigue al frente del negocio, iba de tiempo en tiempo a Londres, donde compraba material inédito por estos pagos. Como queríamos ser modernos, leíamos La Luna de Madrid y luego íbamos con el recorte a ver a Jaime, a ver si tenía aquel álbum de unos tipos llamados Rapid Eye Movement, que luego resultaron ser R.E.M. y se hicieron famosos y, cielos, hasta salieron en los 40. Lo mismo que te comprabas el Reckoning de R.E.M. podías pillar The Queen is Dead, de The Smiths, o, cuando había pasta para extras, Exile on Main Street, ración doble de los Stones.

Un día, trasteando entre las portadas, descubrías a The Velvet Underground y otra tarde cualquiera alguien ponía a todo volumen en el plato el Zoolook de Jarre. Eran los años del Discoplay y de las cintas TDK grabadas y una otra vez, una piratería demasiado artesanal y rudimentaria para hacer daño a la industria. Luego llegaron los cedés, el mp3 y la piratería pisó a fondo el acelerador digital, pero Portobello, que siempre fue como un ultramarinos fino de la música, como uno de esos establecimientos que solo sirven delicatessen, resistió la embestida y hasta le ganó el pulso a Virgin, que pasó fugazmente por Torreiro.

En el escaparate de Portobello Xoel y sus Canciones paganas se codean ahora con Belle and Sebastian y su Push Barman to Open Old Wounds. Qué cosas.

Los de mi generación empezamos a ir al Filloa casi en la adolescencia, cuando cayó en las manos de alguien un ejemplar muy desgastado de Rayuela, y nos propusimos aprender lo más rápidamente posible todo lo que se podía saber del jazz y de las cuevas del jazz. Nos imaginábamos que bajando las escaleras del Filloa y acodándonos en la barra ya estábamos dentro de la novela o, al menos, en El invierno en Lisboa, de Muñoz Molina. Antes de caer por el Filloa había que entonarse un poco en casa, poniendo sobre el plato los vinilos paternos de Louis Armstrong o Art Blakey y sus Jazz Messengers, que en A Night in Tunisia nos enseñaba que se podía hacer un solo de batería con el mismo empeño que Hendrix exprimía su guitarra. Luego, ya en la cueva, no todo era clasicismo, iban mucho por el jazz moderno y no nos enterábamos de nada, pero poníamos cara de estar en la pomada y le pegábamos un trago a la copa para disimular los orificios de nuestra melomanía.

En el Filloa había (y todavía hay) un póster legendario de Miles Davis. Es una de las fotos que Irving Penn le hizo durante una sesión en Nueva York en 1986 para su álbum Tutu. Miles tiene los ojos cerrados y las manos sobre la cara. Pero con los ojos cerrados y todo, sabemos que está mirándonos y que sus manos, aunque parecen quietas, ya están tocando mañana, como el perseguidor de Cortázar:

-Esto ya lo estoy tocando mañana.

Sí, ya sé que el Johnny Carter de Cortázar es un trasunto de Charlie Parker, pero Davis, en Kind of Blue y así, ya estaba tocando mañana, o incluso pasado mañana.

De Davis circulan casi tantas leyendas reales como inventadas. Una de ellas (apócrifa o no, qué más da) cuenta que, durante una recepción de Ronald Reagan en la Casa Blanca en honor de Ray Charles, la señora que estaba sentada a su lado le preguntó quién era y por qué le habían invitado, a lo que Davis, indomable, le contestó de un zarpazo:

-Bueno. He cambiado la historia de la música cuatro o cinco veces. ¿Y usted, a parte de ser blanca, ha hecho alguna cosa de importancia?

Por el Filloa no pasó nunca Davis, solo su música y su póster, pero sí tocaron gentes como Lou Bennet, Joe Henderson, Chano Domínguez, Jorge Pardo, Clunia, Filloa Express o Nani García Trío. Y ahí sigue en la brecha, 34 años después, escaleras abajo, con la antigua placa de la calle sobre la barra y toda la historia de jazz flotando en el aire, como los cronopios de Cortázar.

Los Stones se exiliaron en Main Street, pero A Coruña se exilia a diario en la rúa Ciega, que es la calle de vinilo donde la ciudad se pone discos a sí misma desde 1980.

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