Riazor, la cancha del barrio

Tras Naranjito y el penalti de Djukic, llegó la justicia poética de la Liga


El 19 de mayo del 2000, hace ya una adolescencia, ganaba el Dépor su Liga. Y, como dice un amigo, hay pocas cosas más bonitas en la vida que ver cómo gana la Liga el equipo de tu calle. Que gane la Liga el equipo de tu barrio es como meterse en aquel Orgasmatrón de la peli de Woody Allen -El dormilón, creo que se titulaba- y dejar el botón en modo replay durante una temporada. Tal vez era la Liga que nos debía aquella cuesta de la avenida de La Habana que subimos tantas veces de noche, de vuelta a casa, para llegar a la patria de Peruleiro. La misma cuesta en la que aprendimos a andar en bicicleta, nos rompimos la crisma, o nos dieron el primer palo con faca automática.

La trascendencia de tener un equipo en tu barrio la explica mucho mejor que yo Lou Reed en Blue in the Face, cuando relata el vacío existencial que le creó, en 1959, la mudanza de los Brooklyn Dodgers a Los Ángeles. De pronto se sintió huérfano. No pudo fingir que era fan de otro equipo de Nueva York, porque no eran de su barrio, y sencillamente dejó de seguir el béisbol:

-Nunca nos recuperamos de aquello.

El Deportivo jamás se ha ido de Riazor, la cancha del barrio. Los más viejos del lugar vieron jugar allí a Luis Suárez. No duró mucho aquello. Luisito enseguida bordó el fútbol con el Barça y el Inter de Milán. Algunos aún se acuerdan de cuando el único Balón de Oro del fútbol español se exhibió en la carnicería familiar de la avenida de Hércules.

Pero no todo ha sido siempre orfebrería fina en Riazor. Vinieron otros tiempos menos poéticos, menos de tiquitaca. Durante aquella larga travesía del desierto, antes de volver a Primera, hubo un Mundial en 1982. Volaron la grada elevada e hicieron un estadio nuevo. No había grandes partidos en el cartel y Naranjito a todos nos parecía un pobre memo, pero había Mundial en el barrio, a solo un paso de cebra de mi calle, y allá fuimos a ver un Polonia-Perú, que acabó en chosca (5-1). Y los peruanos, ataviados con la camiseta del Rayo, le dijeron adiós a Naranjito.

-Mira, otro zambombazo de Mariano.

De vez en cuando el mar devuelve a la arena un balón perdido hace veinte años o así, cuando Mariano centraba al mar (o a la Torre de Maratón, depende) desde su lateral derecho. Todo el mundo se preguntaba entonces por qué Mariano le daba el pase largo a las minchas de la playa y no al presunto delantero centro. Claro que tampoco entendíamos muy bien por qué aquel portero llamado Jorge -de apodos varios- despejaba de puños, en plan puños fuera de Mazinger Z, para que la pelota acabase embarcada en la avenida de La Habana, donde todavía hoy se encuentra de vez en cuando un balón entre las hortensias.

Los aborígenes, cuando en el 2014 se tropiezan con una de aquellas pelotas de cuero zurcido de los ochenta, aún se preguntan si procede de un centro de Mariano o de un puños fuera de Jorge. Son los enigmas sin resolver de aquel Riazor, de los tiempos en que la música era muy buena y el fútbol muy malo.

Los de Preferencia, antes del Mundial 82, éramos de la grada elevada. A mí me llevaba mi padre a ver el Fabril un domingo sí y otro no. Básicamente me dedicaba a correr por la bancada de cemento y, de vez en cuando, me sentaba a comer pipas.

Algún deportivista hasta las cachas, cuando el ascenso de 1991, se echó a un lado y dejó paso.

-Eu xa non veño máis. Agora que veñan os listos.

Y dejaron de ir a Riazor porque su concepto de ser del Dépor era el sufrimiento, la tragedia, el malditismo, la hecatombe, el sadomaso.

El malditismo hecho poesía no son Los cantos de Maldoror, de Lautréamont. Para poesía maldita, la que escribió en mayo de 1994 desde los once metros Miroslav Djukic. Cuando el portero del Valencia atrapó aquel penalti desnortado el tiempo se detuvo en A Coruña y todos fuimos un poco Djukic: caímos de rodillas, con las manos en el rostro, maldiciendo nuestro ADN, nuestra irredenta vocación de perdedores. Lo nuestro, y no lo del Atleti de Sabina, sí que era una manera de palmar. Lo del penalti fallido de Djukic fue algo shakesperiano. Por eso, a falta de un Shakespeare, nadie se ha atrevido a escribir la gran tragedia pendiente del penalti de Djukic. Llamazares le dedicó un cuento, pero ese penalti pide un novelón ruso.

Y llegó la venganza. Llegó la justicia poética y el Deportivo ganó dos Copas del Rey, una Liga y tres Supercopas. Estaba Fran, el diez, y su diagonal trazada con tiralíneas desde la banda izquierda hasta el área. Y Djalminha. Y Bebeto. Y Valerón. Y la musiquita de la Champions. Mi padre, que se chupó tanto partido contra el Sestao, ya no lo pudo ver.

Tal vez mañana el Deportivo, muy dado últimamente a subir y bajar de división, ascienda de nuevo a Primera. Cuando el ascenso de 1991 la juerga fue colosal, épica, de uci móvil. Casi (solo casi, claro) tanto como la de mayo del 2000, cuando ante el Espanyol se esfumaron todos los espectros del malditismo en Riazor. Antes del 91 toda una generación estuvo condenada a elegir un equipo suplente en Primera (Barça o Madrid) para superar el trauma de que el Dépor no figurase en las postalillas de Panini.

Ahora la chavalada está muy mal acostumbrada y se cree que la vida es bonita, que todo es ganar ligas, eurocopas, mundiales. Pero hubo un tiempo, cuando Riazor era el estadio del barrio, en que lo más divertido de la tarde era oír al veterano locutor repitiendo, como una letanía, desde la torre de Maratón:

-Tintorerías Mil Colores siempre serán las mejores.

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