Riazor, la cancha del barrio

A CORUÑA

PACO RODRÍGUEZ

Tras Naranjito y el penalti de Djukic, llegó la justicia poética de la Liga

24 may 2014 . Actualizado a las 18:28 h.

El 19 de mayo del 2000, hace ya una adolescencia, ganaba el Dépor su Liga. Y, como dice un amigo, hay pocas cosas más bonitas en la vida que ver cómo gana la Liga el equipo de tu calle. Que gane la Liga el equipo de tu barrio es como meterse en aquel Orgasmatrón de la peli de Woody Allen -El dormilón, creo que se titulaba- y dejar el botón en modo replay durante una temporada. Tal vez era la Liga que nos debía aquella cuesta de la avenida de La Habana que subimos tantas veces de noche, de vuelta a casa, para llegar a la patria de Peruleiro. La misma cuesta en la que aprendimos a andar en bicicleta, nos rompimos la crisma, o nos dieron el primer palo con faca automática.

La trascendencia de tener un equipo en tu barrio la explica mucho mejor que yo Lou Reed en Blue in the Face, cuando relata el vacío existencial que le creó, en 1959, la mudanza de los Brooklyn Dodgers a Los Ángeles. De pronto se sintió huérfano. No pudo fingir que era fan de otro equipo de Nueva York, porque no eran de su barrio, y sencillamente dejó de seguir el béisbol:

-Nunca nos recuperamos de aquello.

El Deportivo jamás se ha ido de Riazor, la cancha del barrio. Los más viejos del lugar vieron jugar allí a Luis Suárez. No duró mucho aquello. Luisito enseguida bordó el fútbol con el Barça y el Inter de Milán. Algunos aún se acuerdan de cuando el único Balón de Oro del fútbol español se exhibió en la carnicería familiar de la avenida de Hércules.